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 Se realizó el Jubileo de los sacerdotes.

El pasado miércoles 6 de junio y en el marco de las celebraciones por el 50 aniversario de la creación de la diócesis de Gualeguaychú, se realizó el Jubileo de los sacerdotes. El mismo tuvo lugar en la capilla del monasterio de Carmelitas Descalzas y contó con la participación de buena parte del clero diocesano. Durante el encuentro los presbíteros celebraron la santa Misa, realizaron un momento de adoración Eucarística, saludaron a las hermanas del convento y finalmente compartieron un almuerzo en la parroquia Asunción de María.

Les ofrecemos a continuación la homilía pronunciada por Mons. Jorge Lozano, durante dicho encuentro:

La alegoría de la Vid y los sarmientos nos expresa dos realidades: una visible y otra invisible. No vemos la savia que recorre cada parte viva del árbol, pero podemos percibir su actividad presente en el verdor de las hojas y el desarrollo de los frutos. También sabemos que las ramas y los frutos dependen de esa unidad vital al todo. No es una permanencia de amontonamiento o rejunte. Es unión vital.

 Claro que podemos decir que la causa de la vitalidad es la savia y en ese sentido es lo más importante. Pero no menos cierto es que ella no llegaría a cada extremo si no fuera por cada rama, aún por las más débiles o flojas

 Juan Pablo II nos dijo al concluir el Gran Jubileo del año 2000:Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. ( El Papa nos invita a una mirada desde la fe. Sólo mirando como mira Dios, como Él nos ve, caemos en la cuenta de una realidad profunda. Realidad que por ser “interior”, “espiritual”, no es menos concreta).

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”. (NMI, Nº43)

Espiritualidad de comunión, es mucho más que  “oraciones de práctica” o algo rapidito para ir a lo importante. Es un camino o “principio” educativo que abarca toda la persona (mirada, corazón, misterio, sentimientos, intuición, amistad…)

 Un pseudo racionalismo modernista nos ha limitado durante décadas en la experiencia de la fraternidad y me animaría a decir que en los afectos en general. Nos hemos vuelto “fideístas”, desconfiando de los sentidos y los sentimientos. Sin ellos los sacramentos se “racionalizan” y pierden la experiencia de vitalidad. Como si dijéramos: basta “saber” que soy parte de la Iglesia, la experiencia es engañosa o contraproducente; no interesa”.

Y esto va minando y debilitando la comunicación sacramental de la gracia de Dios y negando en definitiva las consecuencias de la Encarnación. Cuando decimos que en nuestro país está “debilitado el tejido social” no nos referimos a situaciones tan ajenas a las comunidades cristianas.

 “Los espacios de comunión han de ser cultivados y ampliados día a día, a todos los niveles, en el entramado de la vida de cada Iglesia. En ella, la comunión ha de ser patente en las relaciones entre Obispos, presbíteros y diáconos, entre Pastores y todo el Pueblo de Dios, entre clero y religiosos, entre asociaciones y movimientos eclesiales.(y podríamos agregar también Parroquias, Zonas, organismos diocesanos).

En efecto, la teología y la espiritualidad de la comunión aconsejan una escucha recíproca y eficaz entre Pastores y fieles, manteniéndolos por un lado unidos a priori en todo lo que es esencial y, por otro, impulsándolos a confluir normalmente incluso en lo opinable hacia opciones ponderadas y compartidas.

Para ello, hemos de hacer nuestra la antigua sabiduría, la cual, sin perjuicio alguno del papel jerárquico de los Pastores, sabía animarlos a escuchar atentamente a todo el Pueblo de Dios. Es significativo lo que san Benito recuerda al Abad del monasterio, cuando le invita a consultar también a los más jóvenes: « Dios inspira a menudo al más joven lo que es mejor ».30 Y san Paulino de Nola exhorta: « Estemos pendientes de los labios de los fieles, porque en cada fiel sopla el Espíritu de Dios ».31 (NMI Nº 45)

¡Que bueno mirarnos de esta manera!¡Que regalo de Dios! Estas afirmaciones nos comprometen a no pasar por alto lo que el Señor nos puede estar indicando.

           La Iglesia no solo celebra los sacramentos, sino que ella misma es sacramento.

También cada uno de nosotros es sacramento de Cristo.

El Sacramento se puede pervertir por falta de fe, y también por falta de materias adecuadas a su celebración. Por ejemplo: Si usáramos agua turbia o en gotitas para el Bautismo, o pan con forma de fideos para la Eucaristía, óleos…

Estaríamos quitando fuerza expresiva, limitando la comunicación de la gracia.Lo mismo nos puede suceder con la Iglesia Sacramento. Juan Pablo nos decía que “la comunión ha de ser patente”, o sea palpable, visible, evidente.

Cuando en una Diócesis no se dan relaciones fraternas, o en el presbiterio no hay un espíritu común, o en los organismos diocesanos no se “respira” un camino compartido, estamos desconociendo nuestra dimensión sacramental. La tarea se vuelve entonces voluntarismo organizativo o espiritualismo egoísta. La alegoría de la Vid y los sarmientos nos muestra, en cambio, nuestra realidad más profunda y conreta.

 Por eso el Papa Benedicto ha reiterado en Brasil la importancia de la “experiencia”, porque es el camino de acceder a un acto de fe auténticamente humano. Permítanme recordar algunos renglones del Discurso inaugural de la Vª Conferencia General:

          “Ayudar a los fieles cristianos a vivir su fe con alegría y coherencia, a tomar conciencia de ser discípulos y misioneros de Cristo, enviados por El al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y amor”. (DI,1)

 “Los fieles esperan de ésta V Conferencia una renovación y revitalización de su fe en Cristo nuestro único Maestro y Salvador, que nos ha revelado la experiencia única del amor infinito de Dios Padre a los hombres”. (DI, 2)

 “Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿qué nos da la fe en éste Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás. En éste sentido, la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristología, en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”. (cf 2 Cor 8, 9). (DI, 3)

 “Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada sino a Cristo vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas”. (DI, 4).

 Y a los sacerdotes decía: “Los primeros promotores del discipulado y la misión son aquellos que fueron llamados “para estar con Jesús y ser enviados a predicar” (cf Mc 3, 14), o sea, los sacerdotes. Ellos deben recibir de modo preferencial la atención  y el cuidado paternal de sus Obispos, pues son los primeros agentes de una auténtica renovación de la vida cristiana en el Pueblo de Dios. A ellos quiero dirigir una palabra de afecto paterno deseando “que el Señor sea la parte de su herencia y su cáliz” (cf. Sal 16, 5). Si el sacerdote hace de Dios el fundamento y el centro de su vida, entonces experimentará la alegría y la fecundidad de su vocación. El sacerdote debe ser antes de todo un “hombre de Dios” (1 Tim6, 11); un hombre que conoce a Dios “en primera mano”, que cultiva una profunda amistad personal con Jesús, que comparte los “sentimientos de Jesús”

(cf Fil 2, 5). Solamente así el sacerdote será capaz de llevar a Dios – el Dios encarnado en Jesucristo-  a los hombres, y de ser representante de su amor. Para cumplir su altísima misión debe poseer una sólida estructura espiritual y vivir toda la existencia animado por la fe, la esperanza y la caridad. Debe ser, como Jesús, un hombre que procure, a través de la oración el rostro y la voluntad de Dios, cultivando igualmente su preparación cultural e intelectual.

 El Jubileo por éstos 50 años nos invita a mirar el origen: ser Iglesia Diocesana, mirar los vínculos de fe de historia y geografía, de cultura y evangelio que nos unen en el pasado (origen)y para una misión (presente y futuro).

 

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