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Homilía
de Mons. Lozano durante la Misa Jubilar. |
Homilía de Mons.
Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú, durante la celebración de la
Misa Jubilar por el 50º aniversario de la diócesis de Gualeguaychú
29 de junio de 2007
"Tú
eres el Mesías el Hijo del Dios vivo",
ésta fue la confesión de fe que hizo Simón Pedro en aquel momento
teniendo como testigos a sus compañeros discípulos. "Feliz de Ti
porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre
que está en el cielo".
En la
Biblia, a algunas personas se les da un nombre particular por algún
acontecimiento. Moisés (sacado de las aguas), Adán (hombre), Jacob -
Israel; o el Ángel que da el nombre antes de nacer: Juan (Dios es
favorable, muestra su gracia) Jesús (Salvador).
Hoy
Jesús le cambia el nombre a uno de los 12: "Yo te digo: Tú eres Pedro
y sobre esta piedra". Le da una vocación que también es misión. La
misión de ser la Roca sobre la cual Cristo edifica su Iglesia.
¿Cómo
puede el apóstol que es tan débil, soportar un encargo semejante?. Es
que Jesús es el que lo fortalece para esa misión.
Él ya
había recibido la gracia del Padre para reconocer a Jesús: "Feliz de
ti porque lo que has dicho no es de la carne, ni de la sangre, sino del
Padre": unidad de la Iglesia, unidad de la fe, unidad del amor por
al fuerza el Espíritu Santo.
Simón
fue aprendiendo gradualmente a adentrarse en el misterio del Dios
hecho hombre. Aquella primera expresión o confesión de fe fue madurando
a lo largo de los años de Pedro como discípulo, como testigo de las
enseñanzas y de las obras o milagros de Jesús. El conoció a Jesús siendo
Simón, durante un tiempo fue Simón Pedro, para terminar siendo
reconocido sólo como Pedro.
Hombre
fiel, buen amigo, buen discípulo. Conoció la amargura de la negación, y
sanó esa herida confesando su amor. Confesión de amor en la Pascua junto
al Lago que incluye a otros, a todos.
Aquel "Si me amas apacienta",
dicho por Jesús significa ama a aquellos a quienes amo,
a aquellos por quienes doy la vida en la cruz. Si me amas escucha mi
Palabra, adora mi Presencia; sírveme en los pobres y en los que sufren.
Se es
discípulo de Jesús por amor. El Papa Benito XVI lo decía de este modo:
"Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la
opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y,
con ello, una orientación decisiva". (Deus Caritas
Est 1)
Todos juntos hoy confesamos a Jesús como
Salvador y Mesías, y por nuestra voz, también aquellos que forman parte
de nuestra Iglesia Diocesana. Es cierto que a veces nos da vergüenza
confesar el amor. Tenemos cierto "pudor" que nos frena.
Pero
igual nos animamos y le decimos a Jesús: sin Vos no tiene sentido mi
vida, sin Vos sin tu amor, soy nada. Como el mismo Apóstol Pablo también
lo reconocía. Nuestras comunidades, zonas, estructuras diocesanas son
nada sin Jesús, pero con El son puentes de unidad y de vida.
Le
confesamos al Señor también nosotros el amor: Señor vos lo sabes todo,
vos sabés que te amamos. Y escuchamos de sus labios: "Y yo te digo: Tú
eres mi Diócesis, ustedes son mi familia, alégrense porque ni la carne
ni la sangre se los ha revelado"
Para
alegrarnos en profundidad en esta celebración Jubilar, hace falta una
mirada profunda desde la fe. La Diócesis es mucho más que una
organización en busca de eficacia operativa. Una Diócesis no se
funda por que tiene una cierta cantidad de Parroquias o unos organismos
determinados. No es una "federación de Parroquias" que se agrupan
por propia voluntad al modo de clubes deportivos.
Permítanme que comparta hoy con todos ustedes algunas enseñanzas del
Papa Juan Pablo II, textos que comenté en estos meses en un encuentro
con consagradas y en otra oportunidad con los sacerdotes.
Juan
Pablo II nos dijo al concluir el Gran Jubileo del año 2000: "Antes
de programar iniciativas concretas, hace falta promover
una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como
principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el
cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas
consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y
las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo
una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que
habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro
de los hermanos que están a nuestro lado. (El Papa nos invita a
una mirada desde la fe. Sólo mirando como mira Dios, como Él nos ve,
caemos en la cuenta de una realidad profunda. Realidad que por ser
"interior", "espiritual", no es menos concreta).
Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir
al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por
tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus
alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus
necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.
Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo
lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como
regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don
para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad
de la comunión es saber « dar espacio » al hermano,
llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando
las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran
competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos
hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los
instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin
alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y
crecimiento". (NMI, N°43)
Nosotros seguimos una revelación: la revelación del Padre, la
revelación, que nos hace el mismo hijo de Dios. Y no estamos delirando
cuando decimos : "Hemos visto a Jesús".
Pedro
debió aclararlo en la mañana de Pentecostés cuando algunos dudaban
acerca de los Apóstoles porque que los escuchaban hablar en diversas
lenguas. El mismo dijo: "No éstos no están borrachos, ni deliran. Es que
Jesús está vivo".
Todavía nos podemos hacer otra pregunta: ¿Qué nos da la fe en este Dios?
La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de
Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento
del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí
mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación,
de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás.
En este sentido, la opción preferencial por los pobres esta implícita en
la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros,
para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9) Benedicto XVI,
Discurso inaugural V° Conferencia General)
Celebramos hoy 50 años de vida diocesana. No es un mero transcurrir
cronológico o el haber quitado una cantidad importante de hojas de
almanaques. Es celebrar la vida y el amor de Dios de lo cual tenemos
testimonios y certezas. Hombres y mujeres que en estas cinco décadas han
sido felices por seguir la revelación del Padre por encima de lo que
decía la carne y la sangre.
El
Evangelio nos mostraba a aquel grupo de hombres sencillos que están a
los pies de la fortaleza de Cesarea de Filipos construida en una montaña
rocosa. Si a alguien se le hubiera preguntado "donde está el poder", la
respuesta hubiera sido señalar la fortaleza. Hoy sabemos que el poder y
la autoridad están en el servicio y el amor.
Autoridad de Cristo Pastor, que se comunica a Pedro: llaves, atar y
desatar.
Jesús,
que conoce la limitación pero también la grandeza del corazón humano, le
pide a Pedro que sea capaz de dar la vida por el rebaño. No se animó a
dar la vida por Cristo encarcelado, pero es llamado a dar la vida por el
rebaño de Cristo.
Sólo si
ama a Cristo es posible la entrega.
"Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un
personaje de la historia pasada sino a Cristo vivo, presente en el hoy y
el ahora de sus vidas". (Dl, 4).
Pedro
se dejó guiar por el Espíritu Santo dio testimonio de Jesús resucitado.
A esto
mismo estamos hoy llamados nuevamente como hace 50 años.
+
Jorge Lozano
Obispo
de Gualeguaychú
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