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Compromiso social y juventud.
Discípulos y misioneros jóvenes para transformar la
realidad. |
Compartiré
con ustedes algunas reflexiones, sobre todo a partir de orientaciones
del Papa Juan Pablo II, del Papa Benito XVI y algunas ideas que
estuvieron rondando en torno a la preparación y realización de la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe, de la
cual sólo mencionaré algunos pocos textos debido a que recién en estos
días se está conociendo por el público en general.
Son núcleos
a tener en cuenta en la reflexión de estas temáticas que fuimos tratando
hoy, y que compendiamos en 6 puntos.
1)
El primero tiene que ver con “¿quiÉnes somos nosotros?”
Cuando
miramos lo que sucede, lo miramos desde una identidad particular. No hay
mirada sobre la realidad que sea inocua, que sea aséptica. Toda mirada
siempre tiene vinculación y relación con el corazón de la persona, del
sujeto que observa, que mira. Y nosotros miramos la realidad como
Discípulos y Misioneros de Jesucristo. Esto es lo que está especificado
en el capítulo 1 y 2 del Documento de Aparecida.
El
Papa, en un pasaje del Discurso Inaugural, dice así:
“Es
necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje
de la historia pasada sino a Cristo Vivo, presente en el hoy y el ahora
de sus vidas. Él es el Viviente que camina a nuestro lado
descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la
muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y
permaneciendo en ellas”.
Nosotros
cuando miramos la realidad, cuando miramos lo que acontece, como el Papa
nos decía, lo hacemos porque experimentamos que estamos siguiendo no a
un personaje de la historia sino a alguien que camina a nuestro lado.
Que es Jesucristo Vivo. Y Él es el que nos ayuda a descubrir el sentido
de lo que sucede, el sentido de nuestra propia vida, el sentido del
dolor, del sufrimiento, de la fiesta, de la alegría. Nosotros no nos
podemos desprender de esta experiencia para tener una supuesta mirada
que no tenga que ver con nuestra condición. Porque es así, nosotros lo
reconocemos así. Y el Papa sigue diciendo todavía más:
De este
Jesús “que camina a nuestro lado, entrando en nuestras casas y
permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la Vida. Por
eso la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la
vida cristiana”. (id.)
Continúa en
el mismo sentido cuando expresa: “El encuentro con Cristo en la
Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la
solidaridad. Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el
Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y más
humana”. (id.)
Cuando
nosotros decimos que queremos transformar la realidad, lo hacemos desde
esta perspectiva. Nos reconocemos llamados y alimentados con el Pan de
Vida para poder tener esta fuerza que nos lleve a transformar la
realidad. Entonces, ante esta primera pregunta de quiénes somos los que
miramos, los que observamos la realidad, decimos: Somos Discípulos y
Misioneros de Jesucristo.
2)
La segunda pregunta
que nos podemos hacer es “¿quÉ vemos cuando miramos la realidad?”
Ustedes hoy
hacían el esfuerzo por describir situaciones en el ámbito de la
Educación, del Trabajo, del Medio Ambiente, de la Salud, de la
Participación Ciudadana.
En esos
ámbitos en particular, y en la realidad más en general, vemos algo que
es complejo. Aquí le quise pedir al Papa Juan Pablo algunas palabras que
nos ayuden a percibir esto y saber con qué nos encontramos nosotros, que
nos ubicamos como Discípulos y Misioneros.
Él nos
decía en la Exhortación Apostólica
“Pastores Dabo Vobis” Nº 10: “La compleja situación
actual (…) exige no sólo ser conocida, sino sobre todo interpretada.
Es importante el conocimiento de la
situación (…) Pero es más importante la interpretación de la
situación. Ello lo exige la ambivalencia y a veces la contradictoriedad
que caracterizan las situaciones. Las cuales presentan, a la vez,
dificultades y posibilidades, elementos negativos y razones de
esperanza, obstáculos y aperturas, a semejanza del campo evangélico en
el que han sido sembrados y ‘conviven’ el trigo y la cizaña”.
Una
primera reflexión que nos acerca Juan Pablo es que cuando miramos
encontramos una realidad que es ambivalente. Hace falta interpretar
porque tenemos signos que son muy positivos y alentadores, y otros
signos de muerte, cosas que nos alientan y otras que nos ponen en
dificultades. Y sigue diciendo: “No siempre es fácil una lectura
interpretativa que sepa distinguir entre el bien y el mal, entre signos
de esperanza y peligros”.
Señala:
“Se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso
discernimiento para que no se aíslen el uno del otro ni estén en
contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo
mismo puede decirse de los factores negativos, no hay que rechazarlos
en bloque y sin distinción (yo quiero afirmar con fuerza esto
que dice el Papa) porque en cada uno de ellos puede esconderse
algún valor que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad”.
La actitud
del Discípulo y Misionero implica enfrentarse a una realidad para querer
interpretarla sin rechazar de entrada aquello que pueda aparecer como
negativo, porque puede esconder algo de verdad, alguna enseñanza para
nosotros.
“Para
el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el
principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación
consiguientes en una relativa nueva y original, a saber: en el
discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz y bajo
la fuerza del evangelio, del evangelio vivo y personal que es
Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el
discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus
vicisitudes y circunstancias no un simple ‘dato’, que hay que registrar
con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o
pasivos, sino un ‘deber’, un reto a la libertad responsable, tanto de la
persona individual como de la comunidad. Es un ‘reto’ vinculado a una
‘llamada’ que Dios hace oír en una situación histórica determinada.”
En
estas orientaciones del Papa Juan Pablo hay tres verbos que son claves:
Uno que es el que hace al “interpretar”, el otro que es el
“discernir”, el otro que tiene que ver con el obrar, con
el hacer, es “decidir”.
En el
Documento Final de Aparecida se subraya lo siguiente: “Como
discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir
los ‘signos de los tiempos’, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos
al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos
tengan vida y ‘para que la tengan en plenitud’ ” (Jn 10, 10). (D Ap. Cap
2, 33)
“La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras
épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices,
afectan al mundo entero. Habitualmente, se los caracteriza como el
fenómeno de la globalización.” (DAp. Cap 2, 34)
“En este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el
ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto quiere decir que
cualquier persona individual necesita siempre más información, si quiere
ejercer sobre la realidad el señorío a que por vocación está llamada.
Esto nos ha enseñado a mirar la realidad con más humildad.” (D.Ap.
Cap 2, 36)
“Ésta es la razón por la cual muchos estudiosos
de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada una
crisis de sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos
parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que
realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede
en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso.” (D.Ap.
Cap 2, 37)
Nosotros, cuando miramos la realidad no lo hacemos para percibir
solamente datos, sino que observamos y nos sentimos interpelados, nos
sentimos llamados. La realidad no es algo que nos deje indiferentes,
sino que nos reclama, nos llama. Para nosotros esto es muy importante
porque no es un ejercicio académico, o un ejercicio intelectual, sino
algo vital que tiene que ver con cada uno de nosotros y con nuestra vida
en la fe. Y tanto tiene que ver con nuestra vida en la fe que no podemos
deslindar nuestra santidad de esto que tiene que ver con la realidad
social y con el compromiso social.
3)
SANTIDAD Y BIEN COMÚN
En “Navega
Mar Adentro”, en el número 74 se nos habla de la “Santidad y el Bien
Común Social”: “Por otra parte, todo camino integral de
santificación implica un compromiso por el bien común social. Se trata
de presentar el anuncio de Jesucristo, Señor y Salvador, con valentía,
audacia y ardor testimonial, integrando mejor en la acción pastoral la
opción por los pobres, la promoción humana y la evangelización de la
cultura. Nunca hemos de disociar la santificación del cumplimiento de
los compromisos sociales”.
¿Por qué
esto es así?: porque si fuera de otro modo corremos el riesgo de vivir
una espiritualidad desencarnada de la realidad. De caer, en lo que en
otra carta de la Conferencia Episcopal Argentina se nos decía que “no
podemos ser peregrinos del cielo y vivir como fugitivos de la realidad
terrena”.
Es una
mirada muy bonita acerca de lo que es nuestra vida cristiana. No
hablamos de vida espiritual (lo conversábamos hoy a la mañana cuando nos
comentaban los proyectos) refiriéndonos solamente a algún momento de
oración en el día o la semana, sino que hablamos de “vida cristiana”. Y
cuando
hablamos de espiritualidad nos referimos a aquello que nos
sostiene en nuestro peregrinar en la fe, en nuestro caminar en la fe.
“Navega
Mar Adentro” nos enseña en varios momentos acerca de la Santidad. Yo
quiero destacarles otro pasaje. En el Nº 62, nos va a decir que esta
santidad tiene necesariamente una dimensión que es comunitaria: “La
vocación a la comunión del pueblo de Dios es un llamado a la santidad
comunitaria y a la misión compartida, que sólo son posibles por la
acción del Espíritu. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia estamos
llamados a formar comunidades santas y misioneras”.
La vida
cristiana nunca la podemos entender en forma aislada, individual. Porque
el hacernos cristianos, hacernos de Cristo, nos da una familia, una
comunidad.
La santidad
no podemos buscarla de manera aislada, sino en forma comunitaria.
4) Las Estructuras de
la sociedad
Cuando
hablamos de la cuestión social, nuestra mirada tiene que estar puesta
también en las estructuras que tiene la sociedad. Nosotros no sólo
percibimos que hay signos de esperanza y signos preocupantes,
expresiones positivas o negativas, el bien y el mal, sino que miramos a
una sociedad que está organizada, que está estructurada. En algunos
documentos del Magisterio latinoamericano se hablaba de “estructuras de
pecado” o “estructuras de justicia o injusticia”. Este lenguaje es
tomado nuevamente por el Papa en el Discurso Inaugural. (nº 4).
Él nos decía
al referirse a la realidad social de América Latina: “En este
contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre
todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras
justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en
la sociedad”.
Y sigue
diciendo más adelante: “Las estructuras justas son, como he dicho,
una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni
funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores
fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las
necesarias renuncias, incluso contra el interés personal”.
El
Documento de Aparecida, en consonancia con el Papa, nos enseña:
“Ante
las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. ‘Yo
he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud’
(Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y
compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de
relaciones sociales fundadas en la justicia”. ( D. Ap 112)
“Ser
discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él,
tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva
del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de
todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e
instituciones en bien del ser humano. El amor de misericordia para con
todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones,
como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia,
requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que
colaboremos con otros organismos o instituciones para organizar
estructuras más justas en los ámbitos nacionales e internacionales.
Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico
y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para
todos. Igualmente, se requieren nuevas estructuras que promuevan
una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos
y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos
sociales.”
“La
misericordia siempre será necesaria, pero no debe contribuir a crear
círculos viciosos que sean funcionales a un sistema económico inicuo.
Se requiere que las obras de misericordia estén acompañas por la
búsqueda de una verdadera justicia social, que vaya elevando el nivel de
vida de los ciudadanos, promoviéndolos comos sujetos de su propio
desarrollo. En su Encíclica
Deus Caritas est,
el Papa Benedicto XVI ha tratado con claridad inspiradora la compleja
relación entre justicia y caridad. Allí nos dice que ‘el orden justo de
la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política’ y no de
la Iglesia. Pero la Iglesia ‘no puede ni debe quedarse al margen en la
lucha por la justicia’.
Ella colabora purificando la razón de todos aquellos elementos que la
ofuscan e impiden la realización de una liberación integral. También es
tarea de la Iglesia ayudar con la predicación, la catequesis, la
denuncia, y el testimonio del amor y de justicia, para que se despierten
en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los
valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más
justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no
hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre
subyace la fragilidad humana.”(D. Ap Cap. 8, 384, 385)
Quisiera que centremos
nuestra mirada, nuestra atención, en esto que el Papa dice y que fue
recogido en el Documento de Aparecida: que las estructuras generan
justicia o injusticia en nuestra sociedad.
Una de las
dificultades de este tiempo es desconfiar de toda estructura de toda
institución. Lo que llamamos fragmentación del tejido social,
individualismo, la debilidad en los compromisos, se manifiesta también
en una desconfianza de todo lo que es estructural, de todo lo que es
institucional. Esto atraviesa a toda la sociedad. Hay desconfianza en la
familia como institución, en la escuela como institución, en la justicia
como institución, en los partidos políticos como instituciones, en los
sindicatos. Hay una cierta desconfianza en toda estructura que organice
a la comunidad humana. Muchas veces se manifiesta en frases como: “no se
le puede pedir todo a la escuela” o “no podemos esperar todo de la
justicia” o “en los partidos políticos no se puede participar, no hay
espacio”.
Esto genera
que nuestros compromisos o búsquedas de cambio social muchas veces
queden en expresiones solidarias, o de compromisos con aquellas cosas
que podemos “medir” sensiblemente, llegamos hasta lo que podemos
“controlar”.
Por ejemplo:
Hay un problema de inundaciones en algún lugar. En seguida se organiza
Cáritas para ver cómo asistimos. Pero, ¿hay después de eso, un
compromiso de ver cuáles son las causas por las cuales se dio ese
fenómeno? La lluvia, sí, pero ¿por qué ocurrió en esta ocasión? ¿Qué ha
pasado en el norte, en el litoral? ¿Ha habido previsión?
O
situaciones de pobreza, niños y familias en la calle: vamos a darles de
comer, vamos a jugar con ellos. ¿Trabajamos para ver cómo hacer para que
esta sociedad no expulse niños o familias a la calle? No siempre. Vamos
a cubrir el efecto concreto que percibimos. Hay como una especie de
facilidad o cercanía para ayudar en aquello que depende de mí o que
depende de los que estamos trabajando juntos. Pero en lo que tenemos que
depender de otros a quienes no conocemos, ahí nos cuesta más confiar y
participar.
Y esto es
una dificultad seria a la hora de plantearnos, como factor de cambio, el
querer transformar estructuras. Porque estas estructuras, a las que hace
referencia el Papa y el Documento de Aparecida, no son estructuras que
se cambien con acciones comprometidas de grupos aislados. Son
estructuras que solamente se cambian en la medida en que hay un cuerpo
social dispuesto a cambiarlo, en la medida en que hay una participación
que vaya más allá de la individualidad o del pequeño grupo.
Entonces,
disculpen que insista con esta enseñanza del Papa:
“En este contexto, es inevitable hablar del
problema de las estructuras, sobre todo de las que crean
injusticias. Las estructuras justas son, como he dicho, una
condición indispensable para una sociedad justa”.
Por último,
la Asamblea de Aparecida consigna en una de sus líneas de acción para la
Pastoral de Juventud: “La Pastoral de Juventud ayudará
a los jóvenes a formarse, de manera gradual, para la acción social y
política y el cambio de estructuras, conforme a la Doctrina
Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial y
evangélica por los pobres y necesitados”. (D. Ap 446 e.)
Dicho
en otras palabras: si queremos una sociedad justa, el Papa nos está
diciendo: no podemos no trabajar en las estructuras de esta sociedad, no
podemos dejar de generar estructuras que favorezcan una sociedad que sea
más justa.
En este
contexto, el Papa hablaba de la necesidad de un consenso moral acerca
de los valores. Y fíjense que el Papa resalta el consenso vinculándolo a
la moralidad. Hay aspectos de la vida de la sociedad que podemos
trabajar en la línea del consenso y otras que no.
Por ejemplo:
hay una corriente, en este momento muy importante, que a partir,
justamente de la búsqueda de consensos, pretende reafirmar por consenso
cuáles son los derechos humanos. Esto es peligrosísimo, porque los
derechos humanos no dependen de ningún consenso social. Los derechos
humanos no los da el Estado, los derechos humanos no los da el gobierno
que esté, los derechos humanos no los da el consenso de un parlamento,
ni siquiera el consenso de una sociedad. El consenso es algo
transitorio.
Los
derechos humanos tienen su raíz en la dignidad de la persona humana.
El derecho
al trabajo no tiene que ver con un nuevo consenso social, tiene que ver
con que el ser humano se dignifica trabajando. El derecho a la vida no
depende de que nos pongamos de acuerdo con que está bien, sino con la
dignidad de la persona humana. El derecho a la salud no tiene que ver
con que decidimos ahora, en la sociedad, hasta qué nivel es importante
la salud, no. La salud es un derecho de toda persona humana.
5)
UNA Mirada esperanzadora
Toda mirada
hacia la realidad puede, en ocasiones, dejarnos con una perplejidad y
confusión muy grande. Perplejidad porque a veces nos sorprende la
capacidad de maldad que hay en algunos corazones. Nos sorprende la
capacidad de codicia, de negligencia y de estupidez humana. Lo podemos
ver en acciones de gobierno, guerras, desprecios de la dignidad de la
persona. Tiene que ver con situaciones que ustedes comentaban hoy a la
mañana: naturalizar la pobreza: “es parte de lo que hay y nos tenemos
que acostumbrar a convivir con esto”. Como si fuera: “ahora vamos a
cambiar los semáforos o vamos a pintar todas las casas de blanco y nos
acostumbramos a vivir así”.
Frente a una
realidad que suele presentarse como con un desafío demasiado grande nos
preguntamos: ¿qué puedo hacer yo frente a todo esto? O, ¿qué podemos
hacer nosotros? ¿Qué respuesta podemos dar?
Si nosotros
nos ubicamos como “Discípulos y Misioneros” siempre tenemos una mirada
que es esperanzadora con respecto a la realidad. Porque sabemos que Dios
no se desentiende del mundo. Sabemos que Jesús camina con nosotros para
darle un sentido a nuestra vida y para orientar nuestra vida hacia
caminos que sean de cambio, de superación de las dificultades.
“Los
cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no
profetas de desventuras.” (D. Ap 29)
“La
alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el
futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo
no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de
la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia
del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir
cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha
ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es
nuestro gozo.” (D. Ap 32)
San Pablo, que tuvo que atravesar situaciones de grave dificultad y
murió entregando su vida por el Señor, asegura en la Carta a los
Romanos: “La esperanza no va a quedar defraudada porque el Amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que
nos ha sido dado”.
Y nosotros
tenemos certeza de eso porque el Amor de Dios está en nuestros
corazones. Nos decía el Papa en el discurso inaugural “nosotros
seguimos no a un personaje de la historia pasada sino a un Cristo que
está Vivo” y en esto centramos y afirmamos nuestra esperanza.
San Pablo,
escribiéndole a su joven discípulo Timoteo, le dice “cuidate, que nadie
te menosprecie por ser joven. No te dejes pisotear por eso”.(1 Tim 4,
12)
Y cuando le
aconseja sobre la predicación le dice: “No te dejes engañar por fábulas
o cuentos de viejas”. (1 Tim 4, 7)
Pensemos en
esta expresión: ¿cómo hoy nosotros nos dejamos engañar por “fábulas o
cuentos de viejas”? Cuando nos intentan explicar que la distribución de
la riqueza no se puede hacer mejor porque si no los mercados tambalean;
cuando nos dicen que corresponde que nosotros nos dediquemos a sembrar
soja pese a que nuestros campos se agoten, porque está bien el precio
internacional; cuando dicen que en Brasil está bien talar bosques en el
Amazonas para sembrar caña de azúcar y obtener bíodiesel para seguir
sosteniendo las limusinas ricas de EE.UU.
Son
afirmaciones que, a veces, las damos por aceptadas como si fueran parte
de un desastre natural climático, que así vino y así quedó. Y no…, son
modos en que esta sociedad está estructurada y armada. Modos, muchas
veces también, muy perversos y que tenemos que saber desentrañar y no
conformarnos con cuentos de viejas o con fábulas o con explicaciones que
son un insulto a nuestra razón. Es muy importante que nosotros
aprendamos a pedir razones, el porqué las cosas se organizan en la
sociedad de esta manera.
Para el
cristiano, para el “Discípulo y Misionero”, no es posible una mirada
fatalista de la realidad. No; “las cosas son así” no es la última
respuesta, no es lo último que podemos decir acerca de nuestra realidad.
6)
Los jóvenes, amigos de Cristo
Hacia el
final del Discurso Inaugural el Papa dedica a los jóvenes, algunas
palabras: “En América Latina la mayoría de la población está formada
por jóvenes. Tenemos que recordarles que su vocación consiste en ser
amigos de Cristo, sus discípulos”.
Cuando el
Papa los mira, dice, les tenemos que recordar que ustedes son amigos de
Jesucristo, ésa es su vocación, ser amigos de Jesucristo, sus
discípulos.
“Los
jóvenes no tienen miedo del sacrificio sino de una vida sin sentido.”
¡Qué manera
tan linda de ver a los jóvenes! Y él dice eso de ustedes, y ojalá sea
verdad. “ustedes no tienen miedo del sacrificio sino de una vida que no
tenga sentido”, una vida inútil, una vida que solo transcurra.
Y continúa:
“Son sensibles a la llamada de Cristo que los invita a seguirle. Deben
responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas,
como padres y madres de familia, entregados totalmente a servir a los
hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con toda su vida.
Los jóvenes tienen que afrontar la vida como un descubrimiento continuo,
sin dejarse llevar por las modas o mentalidades en boga, sino
procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y
sobre el misterio de Dios, Padre Creador y de su Hijo, nuestro Redentor,
dentro de la familia humana”.
Cuando
miramos la realidad no siempre percibimos con claridad lo que acontece,
hay signos positivos y negativos pero lo positivo no es totalmente
positivo ni lo negativo es totalmente desechable.
Ahora el
Papa Benito nos lo dice respecto de cada uno: “procediendo con una
profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de
Dios”. En el mismo párrafo el Papa menciona dos veces el tema del
“sentido de la vida”. Y en el Encuentro con los jóvenes en San Pablo en
el estadio, volvió a insistir sobre lo mismo. Y sigue diciendo esto:
“Tienen que comprometerse también en una continua renovación del mundo
a la luz del Evangelio. Es más, tienen que oponerse a los fáciles
espejismos de felicidad inmediata y a los paraísos engañosos de la
droga, del placer, del alcohol, como a todo tipo de violencia”.
Tengamos
esto muy presente. Cuando hablamos del sentido de la vida, estamos
hablamos de una vida que se orienta. Sentido es “el porqué”, en cuanto
al origen, el “de donde vengo”. Y también el “a qué estoy llamado”,
“hacia dónde me dirijo”, “hacia dónde camino”, “cuál es el horizonte al
cual me estoy dirigiendo”. Y este sentido de la vida lo podemos
descubrir y lo podemos profundizar solamente si lo miramos en
vinculación con Dios Padre y en vinculación con los hermanos. Miramos
nuestra vida en este sentido que tiene de entrega por los demás, para la
felicidad de los demás.
Entonces,
cuando nos ubicamos en mirar la realidad y querer transformarla nos
ubicamos desde esta perspectiva, sabiendo que la transformación de la
realidad no es algo optativo. No es algo que podemos hacer o no hacer
como si fuera un curso: en un curso me puedo anotar o no; “este año
estudio Biblia, el otro año Doctrina Social de la Iglesia; si tengo
tiempo, si puedo me anoto…”.
No. La
realidad es para transformarla, y no es optativo para nosotros. El Hijo
de Dios se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición humana y
quiso enseñarnos, de esta manera, cómo es nuestro camino de santidad. Un
camino de santidad que tiene que ver con el bien común social y con esta
invitación que el Señor nos hace a ser felices de verdad. Sin darle
bolilla a esos cuentos de viejas, que a veces nos dicen: “en política no
se puede, en los partidos políticos no se puede, en los sindicatos no se
puede”. Eso es mentira. Si son estructuras humanas, ahí se puede. Si
pretendemos encontrar todo positivo y nada negativo para participar; el
Papa Juan Pablo nos diría: Y… no, así no vas a poder encontrar nunca. Ni
siquiera una parroquia podremos encontrar así, ni un movimiento, ni una
diócesis.
En cualquier
realidad en la que estemos siempre hay algo que es ambivalente. Si
pretendemos llegar al cielo con el trajecito limpio y sin ensuciar, no
vamos a trabajar con nadie. Pero si lo que queremos es tener un sentido
de la vida que nos ayude a la transformación de la realidad: Eso se
puede. Y San Pablo nos va a decir: “No vivo yo, es Cristo quien vive
en mí” (Gal 2, 20). Porque Dios está presente en vos y
porque te mueve a hacerlo. Porque es lo que nosotros en Pastoral de
Juventud queremos trabajar desde hace tiempo: que la vida tenga sentido
a través de un proyecto de vida, a través de un compromiso de vida que
sea una militancia, un compromiso permanente y a largo plazo que pueda
dar como fruto transformar la realidad en que vivimos. En esto se juega
la santidad.
Dios nos
regale poder comprometernos cada día más con Jesús, para que nuestros
pueblos tengan vida en Él.
+Jorge Lozano
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