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Compromiso social y juventud.

Discípulos y misioneros jóvenes para transformar la realidad.

Compartiré con ustedes algunas reflexiones, sobre todo a partir de orientaciones del Papa Juan Pablo II, del Papa Benito XVI y algunas ideas que estuvieron rondando en torno a la preparación y realización de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe, de la cual sólo mencionaré algunos pocos textos debido a que recién en estos días se está conociendo por el público en general.

 Son núcleos a tener en cuenta en la reflexión de estas temáticas que fuimos tratando hoy,  y que compendiamos en 6 puntos.

 1) El primero tiene que ver con “¿quiÉnes somos nosotros?”

 Cuando miramos lo que sucede, lo miramos desde una identidad particular. No hay mirada sobre la realidad que sea inocua, que sea aséptica. Toda mirada siempre tiene vinculación y relación con el corazón de la persona, del sujeto que observa, que mira. Y nosotros miramos la realidad como Discípulos y Misioneros de Jesucristo. Esto es lo que está especificado en el capítulo 1 y 2 del Documento de Aparecida.

      El Papa, en un pasaje del Discurso Inaugural, dice así:

“Es necesario que los cristianos experimenten que no siguen a un personaje de la historia pasada sino a Cristo Vivo, presente en el hoy y el ahora de sus vidas. Él es el Viviente que camina a nuestro lado descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas”.

 Nosotros cuando miramos la realidad, cuando miramos lo que acontece, como el Papa nos decía, lo hacemos porque experimentamos que estamos siguiendo no a un personaje de la historia sino a alguien que camina a nuestro lado. Que es Jesucristo Vivo. Y Él es el que nos ayuda a descubrir el sentido de lo que sucede, el sentido de nuestra propia vida, el sentido del dolor, del sufrimiento, de la fiesta, de la alegría. Nosotros no nos podemos desprender de esta experiencia para tener una supuesta mirada que no tenga que ver con nuestra condición. Porque es así, nosotros lo reconocemos así. Y el Papa sigue diciendo todavía más:

De este Jesús “que camina a nuestro lado, entrando en nuestras casas y permaneciendo en ellas, alimentándonos con el Pan que da la Vida. Por eso la celebración dominical de la Eucaristía ha de ser el centro de la vida cristiana”. (id.)

 Continúa en el mismo sentido cuando expresa: “El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad. Despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y más humana”. (id.)

 Cuando nosotros decimos que queremos transformar la realidad, lo hacemos desde esta perspectiva. Nos reconocemos llamados y alimentados con el Pan de Vida para poder tener esta fuerza que nos lleve a transformar la realidad. Entonces, ante esta primera pregunta de quiénes somos los que miramos, los que observamos la realidad, decimos: Somos Discípulos y Misioneros de Jesucristo.

 2) La segunda pregunta que nos podemos hacer es “¿quÉ vemos cuando miramos la realidad?”

 Ustedes hoy hacían el esfuerzo por describir situaciones en el ámbito de la Educación, del Trabajo, del Medio Ambiente, de la Salud, de la Participación Ciudadana. 

En esos ámbitos en particular, y en la realidad más en general, vemos algo que es complejo. Aquí le quise pedir al Papa Juan Pablo algunas palabras que nos ayuden a percibir esto y saber con qué nos encontramos nosotros, que nos ubicamos como Discípulos y Misioneros.

 Él nos decía en la Exhortación Apostólica “Pastores Dabo Vobis” Nº 10: “La compleja situación actual (…) exige no sólo ser conocida, sino sobre todo interpretada. Es importante el conocimiento de la situación (…) Pero es más importante la interpretación de la situación. Ello lo exige la ambivalencia y a veces la contradictoriedad que caracterizan las situaciones. Las cuales presentan, a la vez, dificultades y posibilidades, elementos negativos y razones de esperanza, obstáculos y aperturas, a semejanza del campo evangélico en el que han sido sembrados y ‘conviven’ el trigo y la cizaña”.

  Una primera reflexión que nos acerca Juan Pablo es que cuando miramos encontramos una realidad que es ambivalente. Hace falta interpretar porque tenemos signos que son muy positivos y alentadores, y otros signos de muerte, cosas que nos alientan y otras que nos ponen en dificultades. Y sigue diciendo: “No siempre es fácil una lectura interpretativa que sepa distinguir entre el bien y el mal, entre signos de esperanza y peligros”.

Señala: “Se trata de someter los mismos factores positivos a un cuidadoso discernimiento para que no se aíslen el uno del otro ni estén en contraste entre sí, absolutizándose y oponiéndose recíprocamente. Lo mismo puede decirse de los factores negativos, no hay que rechazarlos en bloque y sin distinción (yo quiero afirmar con fuerza esto que dice el Papa) porque en cada uno de ellos puede esconderse algún valor que espera ser descubierto y reconducido a su plena verdad”.

 La actitud del Discípulo y Misionero implica enfrentarse a una realidad para querer interpretarla sin rechazar de entrada aquello que pueda aparecer como negativo, porque puede esconder algo de verdad, alguna enseñanza para nosotros.

 “Para el creyente, la interpretación de la situación histórica encuentra el principio cognoscitivo y el criterio de las opciones de actuación consiguientes en una relativa nueva y original, a saber: en el discernimiento evangélico; es la interpretación que nace a la luz y bajo la fuerza del evangelio, del evangelio vivo y personal que es Jesucristo, y con el don del Espíritu Santo. De ese modo, el discernimiento evangélico toma de la situación histórica y de sus vicisitudes y circunstancias no un simple ‘dato’, que hay que registrar con precisión y frente al cual se puede permanecer indiferentes o pasivos, sino un ‘deber’, un reto a la libertad responsable, tanto de la persona individual como de la comunidad. Es un ‘reto’ vinculado a una ‘llamada’ que Dios hace oír en una situación histórica determinada.”

 En estas orientaciones del Papa Juan Pablo hay tres verbos que son claves: Uno que es el que hace al “interpretar”, el otro que es el “discernir”, el otro que tiene que ver con el obrar, con el hacer, es “decidir”.

 En el Documento Final de Aparecida se subraya lo siguiente: “Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los ‘signos de los tiempos’, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino, anunciado por Jesús, que vino para que todos tengan vida y ‘para que la tengan en plenitud’ ” (Jn 10, 10). (D Ap. Cap 2, 33)

          “La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente, se los caracteriza como el fenómeno de la globalización.” (DAp. Cap 2, 34)

         “En este nuevo contexto social, la realidad se ha vuelto para el ser humano cada vez más opaca y compleja. Esto quiere decir que cualquier persona individual necesita siempre más información, si quiere ejercer sobre la realidad el señorío a que por vocación está llamada. Esto nos ha enseñado a mirar la realidad con más humildad.” (D.Ap. Cap 2, 36)

         “Ésta es la razón por la cual muchos estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada una crisis de sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso.” (D.Ap. Cap 2, 37)

          Nosotros, cuando miramos la realidad no lo hacemos para percibir solamente datos, sino que observamos y nos sentimos interpelados, nos sentimos llamados. La realidad no es algo que nos deje indiferentes, sino que nos reclama, nos llama. Para nosotros esto es muy importante porque no es un ejercicio académico, o un ejercicio intelectual, sino algo vital que tiene que ver con cada uno de nosotros y con nuestra vida en la fe. Y tanto tiene que ver con nuestra vida en la fe que no podemos deslindar  nuestra santidad de esto que tiene que ver con la realidad social y con el compromiso social.

 

3) SANTIDAD Y BIEN COMÚN

En “Navega Mar Adentro”, en el número 74 se nos habla de la “Santidad y el Bien Común Social”: “Por otra parte, todo camino integral de santificación implica un compromiso por el bien común social. Se trata de presentar el anuncio de Jesucristo, Señor y Salvador, con valentía, audacia y ardor testimonial, integrando mejor en la acción pastoral la opción por los pobres, la promoción humana y la evangelización de la cultura. Nunca hemos de disociar la santificación del cumplimiento de los compromisos sociales”.

¿Por qué esto es así?: porque si fuera de otro modo corremos el riesgo de vivir una espiritualidad desencarnada de la realidad. De caer, en lo que en otra carta de la Conferencia Episcopal Argentina se nos decía que “no podemos ser peregrinos del cielo y vivir como fugitivos de la realidad terrena”.

 Es una mirada muy bonita acerca de lo que es nuestra vida cristiana. No hablamos de vida espiritual (lo conversábamos hoy a la mañana cuando nos comentaban los proyectos)  refiriéndonos solamente a algún momento de oración en el día o la semana, sino que hablamos de “vida cristiana”. Y cuando hablamos de espiritualidad nos referimos a aquello que nos sostiene en nuestro peregrinar en la fe, en nuestro caminar en la fe.

 “Navega Mar Adentro” nos enseña en varios momentos  acerca de la Santidad. Yo quiero destacarles  otro pasaje. En el Nº 62, nos va a decir que esta santidad tiene necesariamente una dimensión que es comunitaria: “La vocación a la comunión del pueblo de Dios es un llamado a la santidad comunitaria y a la misión compartida, que sólo son posibles por la acción del Espíritu. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia estamos llamados a formar comunidades santas y misioneras”.

La vida cristiana nunca la podemos entender en forma aislada, individual. Porque el hacernos cristianos, hacernos de Cristo, nos da una familia, una comunidad.

La santidad no podemos buscarla de manera aislada, sino en forma comunitaria.

 4) Las Estructuras de la sociedad

 Cuando hablamos de la cuestión social, nuestra mirada tiene que estar puesta también en las estructuras que tiene la sociedad. Nosotros no sólo percibimos que hay signos de esperanza  y signos preocupantes, expresiones positivas o negativas, el bien y el mal, sino que miramos a una sociedad que está organizada, que está estructurada. En algunos documentos del Magisterio latinoamericano se hablaba de  “estructuras de pecado” o “estructuras de justicia o injusticia”. Este lenguaje es tomado nuevamente por el Papa en el Discurso Inaugural. (nº 4).

Él nos decía al referirse a la realidad social de América Latina: “En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”.

Y sigue diciendo más adelante: “Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal”.

 El Documento de Aparecida, en consonancia con el Papa, nos enseña:

 “Ante las estructuras de muerte, Jesús hace presente la vida plena. ‘Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud’ (Jn 10, 10). Por ello, sana a los enfermos, expulsa los demonios y compromete a los discípulos en la promoción de la dignidad humana y de relaciones sociales fundadas en la justicia”. ( D. Ap 112)

 “Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida, nos lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano, y a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en bien del ser humano. El amor de misericordia para con todos los que ven vulnerada su vida en cualquiera de sus dimensiones, como bien nos muestra el Señor en todos sus gestos de misericordia, requiere que socorramos las necesidades urgentes, al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos o instituciones para organizar estructuras más justas en los ámbitos nacionales e internacionales. Urge crear estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos. Igualmente, se requieren nuevas estructuras que promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos sociales.”

“La misericordia siempre será necesaria, pero no debe contribuir a crear círculos viciosos que sean funcionales a un sistema económico inicuo. Se requiere que las obras de misericordia estén acompañas por la búsqueda de una verdadera justicia social, que vaya elevando el nivel de vida de los ciudadanos, promoviéndolos comos sujetos de su propio desarrollo. En su Encíclica Deus Caritas est, el Papa Benedicto XVI ha tratado con claridad inspiradora la compleja relación entre justicia y caridad. Allí nos dice que ‘el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política’ y no de la Iglesia. Pero la Iglesia ‘no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia’[1]. Ella colabora purificando la razón de todos aquellos elementos que la ofuscan e impiden la realización de una liberación integral. También es tarea de la Iglesia ayudar con la predicación, la catequesis, la denuncia, y el testimonio del amor y de justicia, para que se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana.”(D. Ap Cap. 8, 384, 385)

                Quisiera que centremos nuestra mirada, nuestra atención, en esto que el Papa dice y que fue recogido en el Documento de Aparecida: que las estructuras generan justicia o injusticia en nuestra sociedad.

Una de las dificultades de este tiempo es desconfiar de toda estructura de toda institución. Lo que llamamos fragmentación del tejido social, individualismo, la debilidad en los compromisos, se manifiesta también en una desconfianza de todo lo que es estructural, de todo lo que es institucional. Esto atraviesa a toda la sociedad. Hay desconfianza en la familia como institución, en la escuela como institución, en la justicia como institución, en los partidos políticos como instituciones, en los sindicatos. Hay una cierta desconfianza en toda estructura que organice a la comunidad humana. Muchas veces se manifiesta en frases como: “no se le puede pedir todo a la escuela” o “no podemos esperar todo de la justicia” o “en los partidos políticos no se puede participar, no hay espacio”.

Esto genera que nuestros compromisos o búsquedas de cambio social muchas veces queden en expresiones solidarias, o de compromisos con aquellas cosas que podemos “medir” sensiblemente, llegamos hasta lo que podemos “controlar”.

Por ejemplo: Hay un problema de inundaciones en algún lugar. En seguida se organiza Cáritas para ver cómo asistimos. Pero, ¿hay después de eso, un compromiso de ver cuáles son las causas por las cuales se dio ese fenómeno? La lluvia, sí, pero ¿por qué ocurrió en esta ocasión? ¿Qué ha pasado en el norte, en el litoral? ¿Ha habido previsión?

O situaciones de pobreza, niños y familias en la calle: vamos a darles de comer, vamos a jugar con ellos. ¿Trabajamos para ver cómo hacer para que esta sociedad no expulse niños o familias a la calle? No siempre. Vamos a cubrir el efecto concreto que percibimos. Hay como una especie de facilidad o cercanía para ayudar en aquello que depende de mí o que depende de los que estamos trabajando juntos. Pero en lo que tenemos que depender de otros a quienes no conocemos, ahí nos cuesta más confiar y participar.

Y esto es una dificultad seria a la hora de plantearnos, como factor de cambio, el querer transformar estructuras. Porque estas estructuras, a las que hace referencia el Papa y el Documento de Aparecida, no son estructuras que se cambien con acciones comprometidas de grupos aislados. Son estructuras que solamente se cambian en la medida en que hay un cuerpo social dispuesto a cambiarlo, en la medida en que hay una participación que vaya más allá de la individualidad o del pequeño grupo.

Entonces, disculpen que insista con esta enseñanza del Papa:

                “En este contexto, es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticias. Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa”.

Por último, la Asamblea de Aparecida consigna en una de sus líneas de acción para la Pastoral de Juventud: “La Pastoral de Juventud ayudará a los jóvenes a formarse, de manera gradual, para la acción social y política y el cambio de estructuras, conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial y evangélica por los pobres y necesitados”. (D. Ap 446 e.)

 Dicho en otras palabras: si queremos una sociedad justa, el Papa nos está diciendo: no podemos no trabajar en las estructuras de esta sociedad, no podemos dejar de generar estructuras que favorezcan una sociedad que sea más justa.

En este contexto, el Papa hablaba de la necesidad de un consenso moral  acerca de los valores. Y fíjense que el Papa resalta el consenso vinculándolo a la moralidad. Hay aspectos de la vida de la sociedad que podemos trabajar en la línea del consenso y otras que no.

Por ejemplo: hay una corriente, en este momento muy importante, que a partir, justamente de la búsqueda de consensos, pretende reafirmar por consenso cuáles son los derechos humanos. Esto es peligrosísimo, porque los derechos humanos no dependen de ningún consenso social. Los derechos humanos no los da el Estado, los derechos humanos no los da el gobierno que esté, los derechos humanos no los da el consenso de un parlamento, ni siquiera el consenso de una sociedad. El consenso es algo transitorio.

Los derechos humanos tienen su raíz en la dignidad de la persona humana.

El derecho al trabajo no tiene que ver con un nuevo consenso social, tiene que ver con que el ser humano se dignifica trabajando. El derecho a la vida no depende de que nos pongamos de acuerdo con que está bien, sino con la dignidad de la persona humana. El derecho a la salud no tiene que ver con que decidimos ahora, en la sociedad, hasta qué nivel es importante la salud, no. La salud es un derecho de toda persona humana.

 5) UNA Mirada esperanzadora

 Toda mirada hacia la realidad puede, en ocasiones, dejarnos con una perplejidad y confusión muy grande. Perplejidad porque a veces nos sorprende la capacidad de maldad que hay en algunos corazones. Nos sorprende la capacidad de codicia, de negligencia y de estupidez humana. Lo podemos ver en acciones de gobierno, guerras, desprecios de la dignidad de la persona. Tiene que ver con situaciones que ustedes comentaban hoy a la mañana: naturalizar la pobreza: “es parte de lo que hay y nos tenemos que acostumbrar a convivir con esto”. Como si fuera: “ahora vamos a cambiar los semáforos o vamos a pintar todas las casas de blanco y nos acostumbramos a vivir así”.

Frente a una realidad que suele presentarse como con un desafío demasiado grande nos preguntamos: ¿qué puedo hacer yo frente a todo esto? O, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Qué respuesta podemos dar?

Si nosotros nos ubicamos como “Discípulos y Misioneros” siempre tenemos una mirada que es esperanzadora con respecto a la realidad. Porque sabemos que Dios no se desentiende del mundo. Sabemos que Jesús camina con nosotros para darle un sentido a nuestra vida y para orientar nuestra vida hacia caminos que sean de cambio, de superación de las dificultades.

  “Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras.” (D. Ap 29)

 “La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (D. Ap 32)

                 San Pablo, que tuvo que atravesar situaciones de grave dificultad y murió entregando su vida por el Señor, asegura en la Carta a los Romanos: “La esperanza no va a quedar defraudada porque el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

Y nosotros tenemos certeza de eso porque el Amor de Dios está en nuestros corazones. Nos decía el Papa en el discurso inaugural “nosotros seguimos no a un personaje de la historia pasada sino a un Cristo que está Vivo” y en esto centramos y afirmamos nuestra esperanza.

San Pablo, escribiéndole a su joven discípulo Timoteo, le dice “cuidate, que nadie te menosprecie por ser joven. No te dejes pisotear por eso”.(1 Tim 4, 12)

Y cuando le aconseja sobre la predicación le dice: “No te dejes engañar por fábulas o cuentos de viejas”. (1 Tim 4, 7)

Pensemos en esta expresión: ¿cómo hoy nosotros nos dejamos engañar por “fábulas o cuentos de viejas”? Cuando nos intentan explicar que la distribución de la riqueza no se puede hacer mejor porque si no los mercados tambalean; cuando nos dicen que corresponde que nosotros nos dediquemos a sembrar soja pese a que nuestros campos se agoten, porque está bien el precio internacional; cuando dicen que en Brasil está bien talar bosques en el Amazonas para sembrar caña de azúcar y obtener bíodiesel para seguir sosteniendo las limusinas ricas de EE.UU.

Son afirmaciones que, a veces, las damos por aceptadas como si fueran parte de un desastre natural climático, que así vino y así quedó. Y no…, son modos en que esta sociedad está estructurada y armada. Modos, muchas veces también, muy perversos y que tenemos que saber desentrañar y no conformarnos con cuentos de viejas o con fábulas o con explicaciones que son un insulto a nuestra razón. Es muy importante que nosotros aprendamos a pedir razones, el porqué las cosas se organizan en la sociedad de esta manera.

Para el cristiano, para el “Discípulo y Misionero”, no es posible una mirada fatalista de la realidad. No; “las cosas son así” no es la última respuesta, no es lo último que podemos decir acerca de nuestra realidad.

 6) Los jóvenes, amigos de Cristo

 Hacia el final del Discurso Inaugural el Papa dedica a los jóvenes, algunas palabras: “En América Latina la mayoría de la población está formada por jóvenes. Tenemos que recordarles que su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos”.

Cuando el Papa los mira, dice, les tenemos que recordar que ustedes son amigos de Jesucristo, ésa es su vocación, ser amigos de Jesucristo, sus discípulos.

“Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio sino de una vida sin sentido.”

¡Qué manera tan linda de ver a los jóvenes! Y él dice eso de ustedes, y ojalá  sea  verdad. “ustedes no tienen miedo del sacrificio sino de una vida que no tenga sentido”, una vida inútil, una vida que solo transcurra.

Y continúa: “Son sensibles a la llamada de Cristo que los invita a seguirle. Deben responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas, como padres y madres de familia, entregados totalmente a servir a los hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con toda su vida. Los jóvenes tienen que afrontar la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre Creador y de su Hijo, nuestro Redentor, dentro de la familia humana”.

Cuando miramos la realidad no siempre percibimos con claridad lo que acontece, hay signos positivos y negativos pero lo positivo no es totalmente positivo ni lo negativo es totalmente desechable.

Ahora el Papa Benito nos lo dice respecto de cada uno: “procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios”. En el mismo párrafo el Papa menciona dos veces el tema del “sentido de la vida”. Y en el Encuentro con los jóvenes en San Pablo en  el estadio, volvió a insistir sobre lo mismo. Y sigue diciendo esto: “Tienen  que comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz del Evangelio. Es más, tienen que oponerse a los fáciles espejismos de felicidad inmediata y a los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, como a todo tipo de violencia”.

Tengamos esto muy presente. Cuando hablamos del sentido de la vida, estamos hablamos de una vida que se orienta. Sentido es “el porqué”, en cuanto al origen, el “de donde vengo”. Y también el “a qué estoy llamado”, “hacia dónde me dirijo”, “hacia dónde camino”, “cuál es el horizonte al cual me estoy dirigiendo”. Y este sentido de la vida lo podemos descubrir y lo podemos profundizar solamente si lo miramos en vinculación con Dios Padre y en vinculación con los hermanos. Miramos nuestra vida en este sentido que tiene de entrega por los demás, para la felicidad de los demás.

Entonces, cuando nos ubicamos en mirar la realidad y querer transformarla nos ubicamos desde esta perspectiva, sabiendo que la transformación de la realidad no es algo optativo. No es algo que podemos hacer o no hacer como si fuera un curso: en un curso me puedo anotar o no; “este año estudio Biblia, el otro año  Doctrina Social de la Iglesia; si tengo tiempo, si puedo me anoto…”.

No. La realidad es para transformarla, y no es optativo para nosotros. El Hijo de Dios se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición humana y quiso enseñarnos, de esta manera, cómo es nuestro camino de santidad. Un camino de santidad que tiene que ver con el bien común social y con esta invitación que el Señor nos hace a ser felices de verdad. Sin darle bolilla a esos cuentos de viejas, que a veces nos dicen: “en política no se puede, en los partidos políticos no se puede, en los sindicatos no se puede”. Eso es mentira. Si son estructuras humanas, ahí se puede. Si pretendemos encontrar todo positivo y nada negativo para participar; el Papa Juan Pablo nos diría: Y… no, así no vas a poder encontrar nunca. Ni siquiera una parroquia podremos encontrar así, ni un movimiento, ni una diócesis.

En cualquier realidad en la que estemos siempre hay algo que es ambivalente. Si pretendemos llegar al cielo con el trajecito limpio y sin ensuciar, no vamos a trabajar con nadie. Pero si lo que queremos es tener un sentido de la vida que nos ayude a la transformación de la realidad: Eso se puede. Y San Pablo nos va a decir: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).  Porque Dios está presente en vos y porque te mueve a hacerlo. Porque es lo que nosotros en Pastoral de Juventud queremos trabajar desde hace tiempo: que la vida tenga sentido a través de un proyecto de vida, a través de un compromiso de vida que sea una militancia, un compromiso permanente y a largo plazo que pueda dar como fruto transformar la realidad en que vivimos. En esto se juega la santidad.

Dios nos regale poder comprometernos cada día más con Jesús, para que nuestros pueblos tengan vida en Él.

     

                                                                                  +Jorge Lozano

[1] DCE 28

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