Entre Ríos - Argentina

         

Página de inicio>>Documentos>>Diocesanos      

 

 

 

 

 

 

 

 

Homilía de Mons. Jorge Lozano durante el XXIII Encuentro Diocesano de la Renovación Carismática Católica

Gualeguaychú – 16 de septiembre de 2007

 Les decía antes de proclamar el Evangelio que los escribas y los fariseos murmuraban de Jesús. Hablaban por atrás, se quejaban. Estaban enojados con Jesús porque Él,  pretendiendo ser un maestro, recibía a los pecadores y compartía la mesa con ellos. Para un judío piadoso y en general para la cultura oriental de ese tiempo, compartir la mesa con alguien era un signo de estar compartiendo también la misma suerte. Por eso no comían con publicanos o pecadores, o no usaban sus instrumentos ni vajillas por el miedo también de quedar impuros. Una misma mesa, un mismo alimento era un modo de expresar que había una misma vida que se estaba compartiendo. Por eso se quejaban  y murmuraban como diciendo: “pero al final este también va a terminar siendo como los demás”.

Y Jesús les cuenta estas tres parábolas que nos muestran cómo es el corazón de Dios, el corazón del Padre. Que nos muestran cómo es el corazón del Hijo. Que nos muestran cómo el Señor quiere también que sea nuestro propio corazón.

El señor nos muestra en las tres parábolas la alegría del encuentro. La alegría del encuentro de esta oveja aventurera y extraviada  que se va lejos. La alegría de encontrar una moneda que se había caído y se había perdido. Hasta podemos imaginar lo que los vecinos habrán pensado de estos primeros dos. Tal vez decir: “está un poco loco, cómo se van a alegrar tanto por una oveja que se le fue, tardó dos días encontrarla y seguro que se le va a ir de nuevo”. O las vecinas decir de esta mujer: “por una moneda hace tanto lío”. Miren, ninguno de nosotros vale poco a los ojos de Dios. Ninguno de nosotros por más que para los demás pueda ser poca cosa, para el corazón de Dios ninguno es poca cosa. Porque todos nosotros salimos de las manos de Dios hechos a su imagen y semejanza. El Padre Dios cuando nos mira nos ve parecidos a Jesús. Nos ve semejantes a Él  y nos ama profundamente.

Cada uno de nosotros tiene una profunda dignidad en su propia vida. Por eso vivimos, porque Dios nos ama. Y por eso en estas primeras dos parábolas se nos muestra esta alegría del padre, la alegría del encuentro, por lo que otros no hubieran dado demasiado. Teniendo noventa y nueve, ¿para qué ir a buscar a la otra? Teniendo diez monedas,  ¿para que buscar la que se cayó? Ya va a aparecer en algún momento en que hagamos limpieza.

Pero en estas primeras dos hay una actitud de búsqueda y de no quedarse con el corazón tranquilo hasta que uno no encuentra. Hasta que el pastor o la mujer no encuentran lo que les estaba faltando. Y qué lindo que en el monedero o la bolsita de esta mujer ella notara que había un peso que estaba faltando. Qué bueno que este pastor no tenía una mirada general sobre el corral, como diciendo: “hay un montón y están todas”.

Hay un montón pero falta una. El pastor se dio cuenta que había una entre noventa y nueve que en ese momento no estaba junto a las demás. Nadie pasa desapercibido a los ojos del amor de Dios. Nadie, ninguno de nosotros es un número más en la comunidad cristiana. Ninguno de nosotros es un número más en la Iglesia. No importa si somos muchos o somos pocos. Somos nosotros. El Señor no nos valora por la cantidad sino por el corazón de cada uno. Por lo que vale cada uno a sus ojos.

Y la alegría del encuentro también está en este padre que recupera su hijo. Que hasta lo podemos imaginar todos los días mirando el horizonte que se lo tragó para ver si en algún momento se lo devolvía. Y aún cuando estaba lejos ya él sabía que ahí estaba volviendo a casa. ¿Y como no hacer fiesta? ¿Como no estar en alegría por este encuentro con el hijo que se había ido? Y en este encuentro, como en los otros, el corazón misericordioso del Padre no exige garantías. No pide una garantía por escrito al hijo que regresa para que se comprometa a no hacerlo más. No le pide que devuelva en un documento o en un pagaré todo lo que se malgastó. Es más, no sé si en ese momento del encuentro le preocupaba lo que seguro a alguno de los empleados sí: “mirá que te va a volver a fallar”, “mirá que se va a volver a ir”. El padre se gozaba en ese momento y lo vivía con plenitud.

Si nosotros miramos nuestra propia vida, cómo podemos reconocer que no somos capaces de dar esas garantías a la misericordia de Dios. Si alguien nos pregunta con sinceridad después de reconocer una falla grave, un error grave en nuestra vida… ¿no lo vas a hacer más?. Y uno puede reconocer su intención, su anhelo, su deseo, ¿pero no volver a fallar?… no nos sale tan fácil. Porque reconocemos nuestra miseria, nuestra pequeñez. Lo débil de nuestra voluntad  o cómo nos tironea alguna dificultad que tenemos y que por más que hacemos el esfuerzo de superarlo no logramos poderlo vencer. Y nos reconocemos vencidos.

Pero miren, el Señor nos ama profundamente, nos aman así como somos. Se alegra cuando nosotros reconocemos nuestra condición pecadora. Porque Él vino a dar la vida por nosotros porque somos pecadores. Qué bueno que lo hayamos leído en la segunda lectura de estas palabras de San Pablo. Él reconociendo todo lo que había fallado dice: “pero fui tratado con misericordia”. Y yo cada vez que leo este renglón digo “puedo decir lo mismo”. Y me dieron ganas de permanecer en la Iglesia, de permanecer en la parroquia, de permanecer en la comunidad cristiana, de seguir ejerciendo el ministerio sacerdotal, porque fui tratado con misericordia. Porque ante mis pecados más serios, mis fallas más serias al Señor, encontré siempre misericordia.

Y si miramos nuestras comunidades, si miramos nuestra Iglesia. ¿Que corazón está soñando Dios para nosotros como familia suya? ¿Que actitudes nos está pidiendo a través de su Palabra? ¿Que es lo que nos está enseñando? ¿A levantar el dedo y acusar el hermano? ¿A prendernos a “cuerear” al que se equivoca? ¿Nos está enseñando a cerrarles las puertas al que es pecador?.

El Señor a todos nosotros nos invita a compartir una mesa. Como en aquel tiempo, Jesús sigue comiendo con publicanos y pecadores. Jesús nos sigue invitando a nosotros a participar de esta mesa junto con Él. Para que hagamos de esta mesa la mesa de los hermanos, la mesa del encuentro, la mesa del perdón y de la misericordia. Para que sepamos que compartir su Cuerpo, compartir su mesa, sí que nos hace correr la misma suerte, la suerte la Pascua. Para que entendamos que compartiendo su Cuerpo y su Sangre, compartimos su misma vida y su mismo corazón. Para que sepamos que el alimento en de la Eucaristía es para nosotros alimento del amor. Y el amor nos hace sufrir. Pero también nos da felicidad y plenitud. Porque el Señor, el maestro, cuánto dolor que tiene y cuánto dolor le implica ese amor por nosotros. Pero cuánta plenitud de entrega y cuanta felicidad, cuánta sonrisa de Dios abrazándonos con su misericordia.

Cuando amamos, cuando perdonamos, abrimos los brazos, bajamos la guardia, y sabemos que somos vulnerables. Pero qué bueno sentirnos compartiendo la misma suerte con Jesús. Qué bueno que podemos experimentar en nuestra vida el gozo de dar perdón. El gozo de ofrecer misericordia. El gozo de abrazar con ternura a quien se equivoca. Y qué bueno si también nosotros nos abrimos a este perdón pidiéndolo al Señor y pidiéndolo a los hermanos. Qué bueno si dejamos que la ternura de Dios invada nuestra vida y pueda darnos la alegría de sabernos amados eternamente por Dios.

Pidamos a Jesús que nos ayude a imitarle, a seguirle. Que nuestras comunidades sean comunidades abiertas. El Señor a ninguno de nosotros nos pide certificado de buena conducta. Nos ofrece su Palabra, nos ofrece su ternura, para que sea el amor el que trabaje en nuestra vida y para que ese amor de Dios trabajando en nuestra vida nos vaya haciendo cada vez más parecidos a su hijo Jesús. Cada vez más parecidos en la entrega generosa, cada vez más parecidos en el amor, cada vez más semejantes a Él en la misericordia.

Pidamos todos juntos entonces al Señor por nuestra Iglesia, para que sepamos ser paso de Jesús misericordioso en medio de nuestro pueblo. Para que sepamos dar ternura y misericordia a quienes se equivocan. Para que sepamos atraer como atraía el Señor a aquellos que saben que sólo Él puede abrazar al pecador. El Papa Benedicto decía en Brasil que la Iglesia crece por atracción y no por propaganda. Qué bueno que sepamos ser atractivos. Qué bueno que podamos atraer al encuentro con el Señor a nuestros hermanos. Qué bueno que el testimonio que damos nosotros como lo daba San Pablo de ser tratados con misericordia sea lo que conmueva a otros de querer estar también cerca de este Dios. Que vale la pena amarlo, que vale la pena seguirlo, y que nos invita permanentemente a crecer en su amor.

Que Él nos conceda entonces poder participar de esta Eucaristía y de toda Eucaristía haciéndonos semejantes a los hermanos y semejantes también en la misericordia de Aquel que nos invita a este banquete, a esta mesa de salvación y a esta fiesta del encuentro con el corazón misericordioso del Padre.

VOLVER AL ÍNDICE DE DOCUMENTOS DIOCESANOS

 

Obispado de Gualeguaychú: Chalup 30 (2820) - Tel. 03446-426336 - Fax 03446-433284

© Obispado de Gualeguaychú - 2003 - 2007