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Homilía de Mons. Lozano durante la Misa Crismal 2008.

Catedral de Gualeguaychú

19 de marzo de 2008

Los textos bíblicos que escuchamos nos muestran la alegría por la cercanía de la Salvación.
Jesús después de haber sido bautizado en el río Jordán se dirige a Nazareth, donde se había criado. En esta primera predicación en la sinagoga inaugura un tiempo especial, un tiempo de gracia de verdad nuevo y que aún perdura. El texto del profeta Isaías proclamado por Jesús, expresa la alegría por la unción del Espíritu, para anunciar Buenas Noticias. Es el anuncio de la alegría como fruto del Espíritu Santo, como cercanía de la salvación de Dios.

Ya los ángeles lo habían anunciado en la noche buena “No teman, les traigo una gran alegría para todo el pueblo; hoy les ha nacido un Salvador”. Ese Salvador que fue anunciado con alegría por los ángeles, hoy viene a la sinagoga ungido por el Espíritu Santo, enviado por el Padre, para anunciar la liberación a los cautivos, para sanar los corazones afligidos.

La unción implica consagración, dedicación plena y total a una misión. Es el gozo de quien se sabe consagrado, entregado de manera plena y total a un encargo maravilloso.

Es la alegría de la unción y la alegría del envío. El mismo Espíritu Santo está también hoy sobre nosotros y nos mueve a evangelizar, a anunciar la cercanía del amor de Dios para con su pueblo.

Somos invitados a mirarnos como discípulos y misioneros de Jesucristo: ungidos por el mismo Espíritu para la misma misión. Tenemos una experiencia para compartir, una alegría para proclamar, buenas noticias que anunciar: Cristo está vivo; Él vive junto a nosotros y en nosotros.

El tiempo del anuncio  evangelizador es un tiempo de alegría, de bondad, de belleza. La Liturgia con sus colores,  músicas, canciones, poesías y silencios, expresa la belleza del acontecimiento salvífico que se celebra en la comunidad cristiana. “La Iglesia”, decía el Papa Benedicto el año pasado, “crece no por proselitismo sino por atracción”. Es la atracción del Amor fraterno: “vean cómo se aman”. Es la atracción de la paz interior y del gozo: “Señor, qué bien estamos aquí”. Es la atracción de la cercanía de la amistad: “Ya no los llamo siervos, los llamo amigos porque les di he dado a  conocer todo lo que oí de mi Padre”.

Es la alegría del amor confesado: “Si me amas, apacienta”. Es la alegría que quiere ser también para nosotros renovada en esta Semana Santa.

En el Discurso Inaugural de la Vº Conferencia General en Aparecida el Papa nos pidió fijar la atención en algunos campos prioritarios de la acción pastoral que quisiera proponerles.

 

La Familia

“La familia, “patrimonio de la humanidad”, constituye uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos. Ella ha sido y es escuela de la fe, palestra de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente”. Necesitamos fortalecer los vínculos familiares. ¿Dónde aprenderemos a perdonar y ser perdonados?¿quién nos enseñará que nuestra vida es gozo y alegría para los que nos aman? ¿En qué lugar aprenderemos a decir: “te amo”, “gracias”, “cuando quieras”, “estoy aquí”?

Cuando nos referimos a la familia como Iglesia doméstica, decimos que queremos aprender a vivir la comunión para que nuestros lazos no sean meramente funcionales o de trabajo.

 

Los sacerdotes

Si el sacerdote tiene a Dios como fundamento y centro de su vida, experimentará la alegría y la fecundidad de su vocación. El sacerdote tiene que ser ante todo un “hombre de Dios” (1Tm 6, 11) que conoce a Dios directamente, que tiene una profunda amistad personal con Jesús, que comparte con los demás los mismos sentimientos de Cristo (Cf. Fil 2,5). Sólo así el sacerdote será capaz de llevar a los hombres a Dios, encarnado en Jesucristo, y de ser representante de su amor”. Les pido que hoy renovemos la alegría de ser ungidos por el mismo Espíritu, consagrados para la hermosa misión de hacer presente a Jesús en medio de su pueblo.

Iluminar el camino con la Palabra de Dios, consolar los corazones afligidos, formar comunidades llamadas a la santidad. Eso es nuestra alegría.

 

Religiosos/as; consagrados/as

“La sociedad latinoamericana y del Caribe tiene necesidad del testimonio de ustedes: en un mundo que muchas veces busca ante todo el  bienestar, la riqueza y el placer como objetivo de la vida, y que exalta la libertad en lugar de la verdad sobre el hombre creado por Dios, ustedes son testigos de que hay una manera diferente de vivir con sentido; recuerden a sus hermanos y hermanas que el Reino de Dios ya ha llegado; que la justicia y la verdad son posibles si nos abrimos a la presencia amorosa de Dios nuestro Padre, de Cristo nuestro hermano y Señor, del Espíritu Sagrado nuestro Consolador”.

Ustedes nos muestran la diversidad de dones y carismas que enriquecen la misión de la Iglesia y embellecen su rostro. Cuídense de la amargura que opaca la esperanza. Muéstrennos cómo el Señor se acerca a cada hombre y mujer: para educar, sanar, anunciar o ser adorado.

 

Los laicos

“Todos los hombres y mujeres bautizados tienen que tomar conciencia de que han sido configurados con Cristo sacerdote, profeta y pastor, por medio del sacerdocio común del pueblo de Dios. Tienen que sentirse corresponsables en la edificación de la sociedad según los criterios del Evangelio, con entusiasmo y audacia, en comunión con sus pastores”.

La vitalidad de la Iglesia depende en mucho de ustedes. No tienen un llamado a la santidad menor que el de los consagrados. No han recibido una Biblia con unas páginas menos ni un Espíritu Santo “diluido” o de menor calidad. Están llamados a la santidad. No se conformen con menos.

 

Los jóvenes

“Su vocación consiste en ser amigos de Cristo, sus discípulos. Los jóvenes no tienen miedo del sacrificio, sino de una vida sin sentido. Son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle. Pueden responder a esa llamada como sacerdotes, como consagrados y consagradas, o como padres y madres de familia, entregados totalmente a servir a sus hermanos con todo su tiempo y capacidad de entrega, con toda su vida. Los jóvenes tienen que afrontar la vida como un descubrimiento continuo, sin dejarse llevar por las modas o las mentalidades en boga, sino procediendo con una profunda curiosidad sobre el sentido de la vida y sobre el misterio de Dios, Padre creador, y de su Hijo, nuestro redentor, dentro de la familia humana. Tienen que comprometerse también en una continua renovación del mundo a la luz del Evangelio. Es más, tienen que oponerse a los fáciles espejismos de la felicidad inmediata y a los paraísos engañosos de la droga, del placer, del alcohol, así como a todo tipo de violencia”.

A veces escuchamos que “ustedes son el futuro” de la sociedad o de la Iglesia. Hemos de cuidarnos de no ver esa afirmación como declaración de que hoy no hay lugar para ustedes.

Les quiero pedir dos cosas: lo primero sean sinceros en expresar lo que piensan y sienten. Nos hace mucho bien escuchar sus críticas y cuestionamientos. Ustedes son agudos para recordarnos páginas del evangelio que vamos olvidando u ocultando. Lo segundo, no tengas miedo de abrir el corazón a Jesús y preguntarle cuál es el proyecto que Él tiene para tu vida. Él te quiere feliz.

Pido hoy para todos nosotros y nuestras comunidades vivamos en plenitud la alegría de la fe.

La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29)

 

                                                                            +Jorge Lozano

                                                                  Obispo de Gualeguaychú

 

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