ORIENTACIONES PARA LA PASTORAL DE ADOLESCENTES
AREA DE ADOLESCENTES DE LA JUNTA DIOCESANA DE CATEQUESIS
IV- AGENTES DE LA PASTORAL DE ADOLESCENTES.
11- La comunidad
cristiana.
Debemos citar, en principio, como principal agente de la
pastoral de adolescentes, a toda la comunidad cristiana, ambiente en el
cual los adolescentes viven un experiencia de vida cristiana como alternativa
válida ante el modelo que le presenta el mundo pagano en que viven, y en
no pocos casos reemplaza a la familia ausente por la crisis que atraviesa.
En efecto: la educación permanente de la fe es un asunto que le atañe
directamente, y que complementa la acción concreta que realizan el animador
y el asesor. Cada miembro de la comunidad tiene una responsabilidad con
respecto a los adolescentes y no puede desentenderse de su proceso de maduración
en la fe. En definitiva, será la misma comunidad cristiana la que al final del
proceso catequético acoja a todos los catequizandos en un ambiente fraterno,
que les permita vivir lo que han aprendido y por ello debe considerársela como
un agente de pastoral particularmente importante. La comunidad en general y el
grupo en particular da mucho a cada adolescente y también recibe mucho de él.
En este intercambio fecundo es posible alcanzar la madurez, tanto a nivel
personal como comunitario.
12- El animador y el asesor.
La pastoral de adolescentes
requiere la presencia y la acción de dos agentes pastorales fundamentales que
efectúan el acompañamiento en el proceso de maduración de la fe: el
animador y el asesor. Ambos son personas concretas, dotadas de una identidad
y un estilo propio que, desde el lugar donde trabajan, se entregan a la tarea
eclesial de hacerse presente entre los adolescentes y, en sintonía con ellos,
llevar a cabo su tarea evangelizadora respondiendo a una vocación específica.
A continuación, analizaremos la figura de cada uno de ellos, para poder
definirlos en toda su dimensión y destacar la importancia de su rol como guías
y motivadores del crecimiento en la fe.
El animador
a) Identidad y características.
13- Un llamado,
un convocado. (Vocación)
El animador es un joven o adulto llamado por Dios en
una comunidad para asumir el servicio de motivar, integrar y ayudar a crecer a
los adolescentes en el seguimiento de Cristo. Animar significa “dar
alma”, “dar ánimo”, “dar vida”. El animador que está
a cargo de un grupo de adolescentes sabe que su tarea no se limita a poner en práctica
un conjunto de técnicas, sino que implica compartir la vida misma para que
otros también la tengan, acompañando en el crecimiento personal y espiritual a
cada uno de los miembros de esa pequeña comunidad.[1]
Para poder invitar a los adolescentes a descubrir y responder al llamado que
Dios les hace, es necesario vivir primero en forma personal ese llamado,
reconociendo la gratuidad de la elección y manifestando una adhesión
incondicional. La experiencia fundamental de todo animador de adolescentes es
precisamente ésa: reconocer el amor que Dios le tiene y sentirse verdaderamente
convocado de manera personal a anunciar a Jesucristo, misión esencial de todo
bautizado. (Jn. 15,16) Teniendo en cuenta lo anterior, no puede considerarse
entonces que el animador es quien se ocupa temporariamente de un grupo por
causas fortuitas; el animador responde a una vocación, y lo hace desde su
carisma particular, otorgado por Dios para el desempeño eficaz y fecundo de esa
misión.[2]
La Iglesia, a través de sus comunidades parroquiales, envía
a cada animador para que, asistido por el Espíritu Santo, sea testigo de la fe
entre sus hermanos. Esto exige que ese animador no sólo conozca la realidad de
los adolescentes a los que ha de acompañar, sino que procure identificarse con
ella hasta lograr un profundo sentido de pertenencia que le permita
iluminarla desde el Evangelio. El animador que se sabe enviado, comprende que su
tarea no sólo alcanza a los miembros de su pequeño grupo; ha sido llamado a
evangelizar a todos los adolescentes, más allá de
las fronteras de su comunidad. Hoy, más que nunca, es necesario volver la
mirada a aquellos adolescentes en situaciones de riesgo, que sufren el abandono
de sus familias, gobiernos o sociedades, que viven en ambientes de violencia física
o psicológica, que son víctimas del consumo, del alcohol, de la droga, de la
prostitución, de la pobreza material, cultural o afectiva; aquellos que no
tienen proyectos de vida y los que nunca han recibido el anuncio de Jesucristo
liberador. Es uno de los desafíos más importantes de este tiempo, que requiere
una acción profunda y eficaz, con estrategias renovadoras y la audacia propia
de quien se sabe poseedor de una misión tan valiosa como exigente. Para
llevarla a cabo, será necesario comenzar por mirar la realidad de los
adolescentes, conocer sus ambientes, interiorizarse acerca de su cultura y
convivir con ellos abriendo el corazón para encontrar alternativas válidas de
convocatoria, a fin de hacer llegar al mayor número posible la Palabra
salvadora de Cristo.
15-
Un hombre-mujer de fe.
El animador es una persona de fe, que aspira a la santidad,
que vive lo que predica y que es conciente de su
condición de discípulo. La invitación que hace a los
adolescentes para adherirse a Cristo debe nacer de su propia vivencia
espiritual: él es un enamorado del Evangelio (cf. Jn. 21,15 ss), que ha
decidido seguirlo a través de una opción concreta y que descubre la presencia
de Dios en todas las situaciones de su vida. En el silencio interior (Mt.6,6),
la actitud de escucha y la reflexión personal, irá reconociendo los signos de
la providencia en todas las instancias de su apostolado, creciendo en la fe y en
el amor a Dios, fuente de toda Gracia y sabiduría. El
contacto permanente con Él a través de la oración personal le
permitirá poner en sus manos la obra que realiza, recibir consuelo y fortaleza
y tener una actitud dócil y confiada a la acción del Espíritu.
Esta adhesión a Jesucristo también implicará una adhesión a su
Iglesia y una vivencia profunda de la experiencia comunitaria como
miembro de una parroquia, colegio o diócesis.
En ese ámbito de fraternidad, con el apoyo de sus hermanos y el auxilio de la
Palabra y los Sacramentos, podrá descubrirse acompañado en el desempeño de su
misión, a la vez que brindará un mejor testimonio de vida cristiana. La
espiritualidad del animador estará basada, también, en un profundo espíritu
de conversión, lo que implicará ser capaz de estar siempre en actitud
de “volver a la casa del Padre”, superando las limitaciones y debilidades,
las tentaciones y los fracasos, los sentimientos de desaliento y frustración,
sabiendo que Dios suple con su bondad las carencias humanas y que su sola Gracia
basta para completar las obras de los hombres. (cf. 2 Co 12,9) La perspectiva
del animador debe ser siempre, entonces, una
perspectiva de esperanza: cree que Dios puede renovar su corazón,
cree que también ocurrirá lo mismo con el corazón de sus chicos y permanece
fiel en su seguimiento sabiendo que está en sus manos, con una confianza
ilimitada. “Todo lo puedo en aquel que me conforta.” (Filp. 4,13)
16-
Un hombre- mujer maduro.
El animador es una persona que ya ha vivido un proceso de maduración y
que, por lo tanto, está en condiciones de orientar a otros en su camino de
crecimiento. Lo anterior, sumado a una estabilidad
afectiva manifiesta, le permite constituirse en modelo de referencia para
los adolescentes y poder ayudarlos a definir sus proyectos de vida. Entre sus
rasgos más sobresalientes debemos destacar: apertura y disposición para el diálogo
con los adolescentes, valorando lo positivo y negativo de sus vidas y sus
situaciones; mirada atenta y de conjunto sobre la realidad; responsabilidad en
el desempeño de su misión; posición definida frente a los problemas y
dificultades; paciencia, a fin de saber esperar los tiempos de cada chico;
humildad; pasión por la verdad; disponibilidad y servicio;
creatividad; actitudes de cordial acogida; disposición para el trabajo
en equipo; conciencia del desafío que implica el crecimiento y formación
permanentes.
Un
guía, un pedagogo.
17-
Entre los objetivos principales de todo animador, está el de lograr el
crecimiento personal de cada uno de los adolescentes que integran su grupo,
encaminándolos a un desarrollo armónico de todas sus potencialidades. Podemos
decir, entonces, que el animador es un educador, y su tarea
consiste en retomar la pedagogía de Dios con respecto al adolescente: acercarse
a él, encarnarse en su realidad, proponerle el camino de Cristo y acompañarlo
en ese peregrinar. Esta condición de educador le exige, por lo tanto, adoptar
una actitud permanente de acompañamiento, demostrando una constante presencia
efectiva en las distintas situaciones que viven los chicos, conviviendo con
ellos y asumiendo su vida misma para educarlos desde ella, con proyección a
futuro. Él es el encargado de promover el protagonismo de los adolescentes
haciendo uso de una metodología participativa, planificar y revisar su tarea en
comunión con los demás animadores y el asesor y orientar el camino de
perseverancia en la fe retomando la pedagogía de Cristo Maestro. Educar es salir
al encuentro del hombre, como lo hizo Jesús. El animador es,
entonces, aquel que reconoce en
todo adolescente la necesidad de ser evangelizado, y sale a buscarlo para
hacerle conocer y valorar el sentido profundo de su vida, como hijo de Dios.
b) Tareas
18-
Nos limitamos a enumerarlas, pues se trata de las tareas fundamentales
que todo animador debe tener en cuenta en consonancia con los propios dones y
carismas y la realidad que le toca animar. El animador debe: preparar y animar
las reuniones de su grupo, propiciando un clima de cálida acogida; detectar las
necesidades de los chicos para responder a ellas; favorecer actitudes
solidarias, democráticas y creativas; alentar la experiencia de Dios desde la
oración, la lectura de la Palabra y la celebración viva de la fe; fomentar la
solidaridad a los pobres; participar activamente en las actividades parroquiales
y diocesanas; promover la participación de los chicos en las actividades
anteriores, especialmente aquellas destinadas a ellos; favorecer y animar la
convivencia fraterna; reunirse periódicamente con los otros animadores y con el
asesor a fin de encaminar y evaluar la marcha
del grupo, intercambiar experiencias, fortalecerse en el desempeño de la
misión y afianzar el espíritu comunitario; capacitarse permanentemente para
mejorar la calidad de su servicio; buscar estrategias concretas y efectivas que
permitan evangelizar, también, a aquellos adolescentes que no van a la
parroquia o colegio.
El
asesor
a) Identidad
y características
19-
La figura del asesor en la Pastoral de adolescentes ha cobrado, en los últimos
tiempos, una singular importancia. Se trata de un cristiano adulto, (religioso o
laico), que fue “llamado por
Dios para ejercer el ministerio de acompañar, en nombre de la Iglesia,
los procesos de educación en la fe”[3]
de los adolescentes. Como adulto que es, ya ha definido su proyecto de
vida y, por lo tanto, es capaz de mirar el camino de los adolescentes desde otra
perspectiva, a fin de poder orientarlos. Posee un carisma y una vocación
especial que le permiten realizar este servicio a la Iglesia; esto significa que
su elección debe ser meditada, procurando reconocer ese carisma especial en las
personas adecuadas, ya que su misión será fundamental en la marcha de los
grupos. Comparte con el animador todas aquellas características que hacen a su
identidad teológico-pastoral, espiritual, psicológica y pedagógica; es una
persona de fe, oración y testimonio que conoce, ama y sirve a la Iglesia desde
su rol particular y asume la misión de orientador y guía ofreciendo lo mejor
de sí mismo por el Reino de los Cielos.
b)
Tareas
[1] Cf. celam. Opción preferencial por los jóvenes, Separata de la sección juventud del CELAM, Colombia, 1997, p. 271.
[2] Cf. celam. Civilización del amor, tarea y esperanza. Bogotá, 1995, p. 271 ss. Hemos seguido en este apartado, las orientaciones allí contenidas.
[3]
celam.
o.c., pág. 274.
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