HISTORIA DEL ROSARIO


La Iglesia encontró en los salmos un formidable instrumento de oración. Los monjes fueron organizando el rezo de los 150 salmos en tiempos fijos del día y de la semana.

En los monasterios, los monjes que no sabían leer sustituyeron los salmos por un “salterio” de 150 Padrenuestros, que se subdividió en tres grupos de 50 que se recitaban en ritmos diurnos a imitación de la liturgia de las horas que los monjes en el coro rezaban o cantaban en latín desde sus breviarios. Todo esto durante la Edad Media.

A comienzos del siglo XII se difundió en occidente la repetición devota de la primera parte del Ave María, inspirado en el Evangelio (cfr. Lc 2,28b y 24). Pronto se lo asocia con el salterio de los Padrenuestros y se comenzó a recitar 150 veces formándose el “salterio de las Ave María”. Esta práctica se difundió por toda Europa.

El cartujo Enrique de Kalkar, en el siglo XIV, dividió el salterio de las 150 Ave María en 15 decenas, intercalando entre decena y decena el rezo del Padrenuestro.

Por documentación conocemos que el cartujo de Colonia (Alemania), Domingo de Prusia, entre los años 1410 y 1439, reduce el número de Ave María a 50 añadiendo a cada una de ellas una referencia de algún acontecimiento de la vida de Jesús tomado del Evangelio.

El fraile dominico Alano de la Roche (1428-1478) comienza a difundir, junto con otros frailes, la leyenda de que la Virgen misma se apareció y le dio el rosario a Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de los dominicos (OP, Orden de los Predicadores). La oración del Rosario se entregó como arma poderosa en contra de los enemigos de la fe. La leyenda nos refiere la importancia que tuvieron los dominicos en la difusión del rezo del rosario y en la creación de cofradías de devoción mariana tanto de mujeres como de varones y en todos los ambientes.

Alano de la Roche comenta que a mediados del siglo XV el salterio de las Ave María  comenzó a llamarse “rosario de la bienaventurada Virgen María” y se contemplaban los misterio en tres partes: encarnación, pasión-muerte de Cristo y gloria de Cristo y María.

A finales del siglo XV, 1482, el Ave María se completa con el nombre de Jesús, el Amén final y el Santa María que es la súplica eclesial.

El dominico Alberto de Castello, en 1521, redujo los misterios a 15 principales para meditar a lo largo de la recitación de las Ave María.

El Papa San Pío V, (1566 - 1572) también dominico, por medio de una bula consagró la forma de rezar el rosario tal como se hizo casi por cinco siglos.

Juan Pablo II, quien había confesado “el rosario es mi oración preferida” dio la posibilidad de rezar los días jueves los misterios luminosos. “Para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación, que si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permite contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión” El Rosario de la Virgen María, nº 19.

 

Fuentes

Staid, E. D., voz Rosario, Nuevo Diccionario de Mariología, San Pablo, Madrid, 1993

Juan Pablo II, El Rosario de la Virgen María, Rosarium Virginis Mariae, 2000

Sgarbossa-Giovannini, Un santo para cada día, San Pablo, Bogotá, 1996

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