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Pbro. Santiago Veronesi, su fallecimiento.

Recordatorio póstumo escrito por el P. Elías Musse

SANTIAGO

Nos conocimos alrededor del 11 de julio de 1982 en la Abadía del Niño Dios. Recuerdo la fecha por que estábamos en la Fiesta de San Benito.

Suele suceder que desde el primer encuentro dos personas comienzan a recorrer el camino de la amistad.

Lo hicimos y esa amistad se hizo tan profunda que se me dio la gracia de ser testigo de algo muy profundo en la vida de Santiago. Escribo estas líneas como un amigo, pero sobre todo como un testigo.

Ingresó a los diez años a la Abadía. Desde su ingreso hasta que nos conocimos conozco pocas cosas. Nunca quedamos anclados en el pasado. Solo se que por algunas razones conocidas, y a mi entender superficiales, pidió la reducción al estado laical. Dispensa que le fue concedida.

Al momento de conocerlo hacia varios años que vivía de su trabajo, cuidaba a su madre, acompañaba a su hermana. Nunca estableció una relación afectiva, nunca supo explicar porque había tomado esa decisión de dejar el monasterio del Siambón y el ministerio.

Nos fuimos metiendo desde el crecimiento de esa amistad en esa misteriosa decisión, pero desde el presente, y en lo posible mirando hacia adelantes.

Fueron años, no fue poco tiempo, más si sumamos los años en que no nos conocíamos.

El primer convencimiento fue de su manera de ser. Una mezcla de angustia y depresión, que lo dejaban impotente ante lo trascendente. Cuando le pregunté que hacia en esos momentos simplemente me respondió, que repetía constantemente: “Jesús Misericordioso, ten piedad de mi”. Esa oración lo acompañó por años.

En segundo lugar descubrimos charlando y respondiéndonos, una como tensión, que alimentaba sus angustias y depresión, entre lo racional el conocimiento afectivo y concreto. Lo racional estaba lleno de interrogantes a la fe que no sabía responder; en su conocimiento afectivo estaban firmes una serie de simples valores que fue incorporando desde su más tierna infancia. Muchos de esos valores los incorporó en su familia. Dios, Jesús, la santísima Virgen, La misteriosa Iglesia, una subordinación a lo trascendente.

En ese choque había sufrimiento, pero sin darse cuenta priorizaba esa dimensión de su persona, que es más que la razón. Simplemente no sabía conjugar esas dos dimensiones, o lo hacia de una manera diferente a como lo hacia yo.

En un momento fue viendo, y me confió, que volvió al rezo del santo rosario. Nunca faltó el rosario en su camioneta y lo rezaba en sus cortos viajes, y continuamente en sus largos viajes.

Muchos de esos viajes eran a la Abadía del Siambón. Aquí fui testigo de sus interrogantes vocacionales. Estamos en un tercer momento de nuestra relación. Al principio se preguntaba volver a qué: ¿al Siambón?, ¿al Ministerio Sacerdotal? El Siambón, al parecer fue un momento de su vida de monje y sacerdote, El se proyecto en esa fundación y en su historia. Fue protagonista hasta que salió del monasterio y del sacerdocio.

Al principio el sacerdocio lo veía desde ese Monasterio. Hizo innumerables viajes, que todos creían que eran por sus dulces y colmenas, pero eran buscando una respuesta a ese interrogante.

En muchos almuerzos de miércoles santos, los dos solos, fuimos descubriendo, con el corazón, el sacerdocio de Santiago. A partir de ese descubrimiento, sin dejar angustias, tensiones y depresiones, me comunicó que sentía mucha paz.

Es de resaltar que nunca faltó a misa, nunca dejó la oración, nunca se alejó del sacramento de la penitencia. Simplemente no celebraba misa y no garantizaba la unidad de una pequeña comunidad con la Iglesia Universal.

Ya no conmigo. El solo, sin ninguna influencia humana, decidió pedir el reingreso al ministerio sacerdotal.

Me lo dijo primero por teléfono. Muy alegres lo charlamos después.

Le realizó el pedido al Obispo. Ambos, Obispo y Santiago, cumplieron todos los pasos que le exigió el Vaticano.

Los informes de sacerdotes y laicos hablaban positivamente de él. Eran testimonio de que todos lo miraban a Santiago como sacerdote, y como sacerdote lo avalaban.

Concurría al Seminario Diocesano como se lo pedían, aunque lamentaba que no podía ya asimilar ideas; asimilaba otras cosas, el proceso del retorno interior a su verdadera identidad.

Después de una larga espera pudo decir en su misa de reintegro al ministerio: “Vuelvo como el hijo prodigo”. Estaba rodeado de muchos sacerdotes y fieles.

Cuando sufrió un infarto lo visité en Paraná y coincidimos que ya no valían de nada las ideas.

Puedo decir que Santiago vivió, muriendo constantemente.

Estoy cierto de algunas cosas:

1)    Santiago nunca dejó de ser sacerdote. Lo fue misteriosamente, envuelto en el Misterio Trinitario, que no podemos abarcar, pero que no deja de envolvernos;

2)    Santiago siempre fue de una fe de confianza y dirección a Dios. Hacía crisis cuando intentaba vivir esa dimensión como idea a trasmitir.

3)    Santiago fue siempre de la Virgen. Después de su reingreso al Ministerio. A los pocos días dimos gracias, juntos, a los pies de la Virgen de Luján.

4)    Santiago murió como sacerdote diocesano; pero nunca dejo de ser monje. Cerrando sus ojos el tiempo transcurría, no como torrente, sino como suavidad a un reencuentro consigo mismo, perdiéndose en el misterio.

5)    Santiago poseyó bienes temporales, pero los compartía. Algunas cosas me confió, pero coincidimos que de eso era mejor no hablar.

Santiago pasó de esta vida terrenal a la vida eterna en este año dedicado a los sacerdotes. No es casual.

Resuenan en mi alma la palabra de una señora de la humilde Capilla de San José Obrero: Santiago nos enseñó lo que es el perdón.

 

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