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Documentos
y declaraciones del Episcopado Argentino
LA
FAMILIA: IMAGEN DEL AMOR DE DIOS
Reflexión
sobre situaciones difíciles y ambigüedades en referencia
a
la vida, la familia y algunas cuestiones éticas
1.
Dios es Amor
Con
el corazón conmovido por el misterio Pascual que hemos celebrado,
por el anuncio del Señor vivo que ha vencido nuestras oscuridades
con la fuerza de su luz, queremos proponer al Pueblo de Dios,
especialmente a los matrimonios y las familias, a los agentes de
pastoral, a los legisla-dores y gobernantes, a los científicos y a
todos los hombres de buena voluntad de nuestra Nación, algunas
reflexiones que nacen de una mirada atenta y pastoral sobre diversos
desafíos que debe enfrentar la familia en Argentina. Al mismo
tiempo, agradecidos por todo el amor experimentado en las familias,
queremos acercarnos y acompañar a aquellas que viven situaciones
difíciles , en medio de sufrimientos, injusticias, carencias, o
dolorosas experiencias afectivas que las han llevado a un
sentimiento de fracaso, o a fracturas que no son plenamente
compatibles con la propuesta del Evangelio.
Tal
vez muchos hoy, como aquel mendigo en la puerta del templo están
extendiendo su mano buscando una ayuda que les permita encontrar
nuevamente motivos para la alabanza. El gran anuncio que
experimentaron los Apóstoles al palpar al Señor resucitado , es el
que compartimos con ustedes: DIOS ES AMOR . Desde esa experiencia de
amor, reflexionamos una vez más sobre el misterio de la familia, y
nos acercamos con algunas consideraciones sobre problemáticas y
ambigüedades que preocupan e inquietan nuestro caminar.
2.
La familia en nuestra situación cultural
Al
renovar las líneas de acción pastoral para los próximos años,
manifestábamos en Navega mar adentro , que elegimos la Nueva
Evangelización como la mejor contribución de la Iglesia para
superar la crítica situación del país . Allí trazamos un
diagnóstico de la situación de las familias , y una propuesta
educativa que las reconoce como uno de sus ejes .
Percibimos
que la familia continúa siendo un valor apreciado por nuestro
pueblo. El hogar sigue siendo el lugar privilegiado de encuentro de
las personas donde, en las pruebas cotidianas, se recrea el sentido
de pertenencia. Gracias a los afectos auténticos de nupcialidad,
paternidad y maternidad, filiación y fraternidad, aprendemos a
sostenernos mutuamente en las dificultades, a comprendernos y
perdonarnos, a acompañar a los niños y a los jóvenes, a tener en
cuenta, valorar y querer a los abuelos y a las personas con
capacidades diferentes. Cuando hay familia, se expresan
verdaderamente el amor y la ternura, se comparten las alegrías
haciendo fiesta y sus miembros se solidarizan ante las dificultades
cotidianas, la angustia del desempleo y el dolor que provoca la
enfermedad y la muerte.
Pero
inmersas en la crisis de la civilización y en el drama de la
ruptura entre Evangelio y cultura, constatamos que las personas, el
matrimonio y la familia, no encuentran nuevos cauces para sostenerse
y crecer. La fragmentación presente en nuestra cultura, marcada por
el individualismo y la crisis de valores, llega también a las
familias, jaqueadas además por legislaciones que alientan su
disolución; por modelos ideológicos que relativizan los conceptos
de persona, matrimonio, familia; por la situación socioeconómica,
por la falta de comunicación, superficialidad e intolerancia, e
incluso por la agresión y violencia en el trato entre las personas.
3.
El núcleo esencial de la persona hay que buscarlo en el amor
En
las Líneas Pastorales actualizadas, hemos manifestado con
particular énfasis: "queremos reafirmar el mensaje
fundamental. Lo que siempre hemos de destacar cuando anunciamos el
Evangelio: Jesucristo resucitado nos da el Espíritu Santo y nos
lleva al Padre. La Trinidad es el fundamento más profundo de la
dignidad de cada persona humana y de la comunión fraterna" .
"Mantenemos la continuidad con el núcleo de las Líneas
Pastorales para la Nueva Evangelización, porque el centro de
nuestro anuncio es Jesucristo salvador, que nos permite encontrarnos
con el Padre y el Espíritu Santo. Destacamos esta fe en la
Santísima Trinidad como último fundamento de la dignidad humana y
del llamado a la comunión con los hermanos, en la familia, en la
Iglesia y en la Nación" .
A
partir de este núcleo, invitamos a contemplar en el rostro de
Cristo, la feliz noticia del amor de Dios. Jesucristo al mismo
tiempo que nos revela la vida íntima de Dios, es también el ‘rostro
divino del hombre’. Cristo revela al hombre su auténtica dignidad
como persona; nos manifiesta la verdad, el sentido, la misión de
toda persona humana. En el amor manifestado en la Cruz, Él restaura
la dignidad del hombre cuya imagen fue herida por el pecado. En
Cristo, por la acción del Espíritu Santo, somos transformados en
nueva criatura y nuestro semblante es transfigurado .
En
el rostro de Cristo resucitado reconocemos el destino eterno y
glorioso del hombre peregrino salvado por Él. Repitámoslo: la
Santísima Trinidad es el fundamento más profundo de la dignidad de
la persona humana, y la Iglesia es el pueblo congregado por la
unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ella ha de
irradiar el misterio de comunión misionera que contemplamos en
Jesús y brota de la Santísima Trinidad. La vocación a la
comunión del Pueblo de Dios, es una llamada a la santidad
comunitaria y misionera. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia
estamos llamados a formar comunidades santas y misioneras;
particularmente en el matrimonio sacramental y la familia. La
Santísima Trinidad es fuente, modelo y fin de toda forma de
comunión humana. A partir de ella hemos de recrear los vínculos de
toda comunidad. En el diálogo y en el intercambio de dones, animado
por el amor, se construye el "nosotros" de la comunión
solidaria.
4.
Dimensión del Amor
Todo
esto significa que, si Dios es Amor y nosotros hemos sido creados a
su imagen y participamos de su naturaleza divina, hay que buscar el
núcleo esencial de la persona en el amor y no en la pura
racionalidad, o en la lógica instrumental, o en su voluntad de
dominio, o su autonomía individual egoísta, o en la espontaneidad
del sentimiento que busca el placer inmediato y fugaz. El amor
verdadero personaliza y dignifica, es esencialmente libre y
liberador. Su misterio más profundo se esconde en la capacidad de
relacionarse en libertad y crear relaciones de amor que, si bien
comprometen la vida, no la condicionan sino que la hacen plena. El
amor no existe como realidad aislada, sino en el amor concreto de
cada persona y como don del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que
nos ha creado.
5.
Valorar y celebrar el misterio de la vida
La
mentalidad materialista aprecia la vida sólo en la medida en que
alcanza la fama, la eficiencia, la riqueza, el placer. No le
reconoce un valor en sí misma ni por sí misma. Por eso termina por
alimentar una cultura de muerte, que se manifiesta en el desprecio y
la marginación de los enfermos y ancianos, en el aborto, la
eutanasia, el homicidio, el desprecio por el compromiso para
siempre. La enseñanza cristiana es decididamente diversa. Jesús,
con su amor preferencial hacia los pecadores, los enfermos y los
marginados, ha revelado que el Padre considera importante a todos
los hombres, cualquiera sea su condición. Ha afirmado que la
persona vale más que la comida y el vestido .
Descubrir
un valor debería llevarnos a descubrir las obligaciones que
entraña acogerlo y vivirlo plenamente; podría decirse que a un
gran valor concurre una gran obligación ética, y así sucede con
la vida y con el amor. La Iglesia enseña que el hombre, imagen
viviente de Dios, vale por sí mismo y no por aquello que sabe,
produce o posee. Es su dignidad de persona la que confiere valor a
los bienes que le sirven para expresarse y realizarse.
Creer
en Dios significa también tener la más alta consideración del
hombre y del valor de la vida. Jesucristo nos introduce en el
misterio de la vida de la Gracia, cuyo valor absoluto proclamamos:
"He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia"
. Él nos enseña, incluso, a estar dispuestos a sacrificar la vida
física para alcanzarla.
Proclamamos
por tanto:
*
que la vida física aún no siendo un bien absoluto, es un bien
fundamental; y el fundamento de todos los otros bienes, de su
desarrollo y manifestación, razón por la cual ha de ser respetada
desde su concepción hasta la muerte natural;
*
que debe ser respetada, cuidada y servida, de modo que todos puedan
tener alimento, vestido, vivienda, educación, trabajo, tiempo
libre, asistencia sanitaria, seguridad;
*que
debe ser resguardada de toda forma de violencia y preservada de
todos los peligros que la amenazan: las nuevas formas de
reproducción artificial y la manipulación genética, la promoción
de la anticoncepción, la esterilización; el alcoholismo, la
drogadicción, la pobreza, la miseria y la eutanasia;
*que
el homicidio es un crimen tremendo en cualquiera de sus formas,
particularmente en el aborto, pues en esa instancia, la vida se
encuentra en el grado más alto de vulnerabilidad y de mayor
indefensión.
6.
La familia célula básica de la sociedad
Creemos
firmemente, con Juan Pablo II, que la familia es una comunidad de
personas, la célula social más pequeña y, como tal, es una
institución fundamental para la vida de toda sociedad. ¿Qué
espera de la sociedad? Ante todo que sea reconocida su identidad y
aceptada su naturaleza de sujeto social. Fundada en el matrimonio
-elevado por Cristo a la dignidad de sacramento-, la familia abierta
a la descendencia, es la realidad básica que articula las
relaciones primeras y los derechos fundamentales de la persona. Es
una institución natural, anterior a cualquier otra comunidad,
incluido el Estado.
Esto
supone que se debe ayudar a las personas a llegar al matrimonio con
un auténtico proyecto de vida, que incluya: alimento, vivienda,
trabajo, educación (derecho inalienable de los padres -primeros
educadores-), posibilidad de reunir a la familia, vivir en seguridad
y expresar su propia fe.
Además,
la Nueva Evangelización requiere destacar la importancia central de
la familia y desplegar una pastoral familiar que sirva de ayuda en
la fragilidad, a la vez que anime programas y proyectos en orden a
una acción preventiva y educativa .
La
familia exige que no se la equipare con otras realidades que no
tienen la misma identidad: uniones libres, uniones de hecho, uniones
de personas del mismo sexo. Tratar como iguales realidades
desiguales, es una injusticia.
La
familia exige el reconocimiento de la dignidad de la persona humana
desde su concepción hasta su muerte natural, y por lo tanto el
compromiso de promover, cuidar, y respetar la vida en todo momento,
y particularmente cuando es frágil y vulnerable. Es autodestructivo
para una sociedad la aceptación del crimen del aborto, el
congelamiento de embriones, la destrucción de embriones, la
clonación, la eutanasia y las manipulaciones de la vida.
7.
Cuestiones éticas y misión de la ley civil
La
Iglesia, ante el oscurecimiento del sentido de la ley positiva, ha
recordado repetidamente la necesidad de leyes que respeten y
promuevan el bien de las personas y de las familias ante los nuevos
desafíos que nos interpelan, para que se pueda construir una
verdadera cultura de la vida y de la familia.
Las
nuevas posibilidades de la técnica en el campo de la biomedicina
requieren la intervención de las autoridades políticas,
legislativas y sociales, porque el recurso incontrolado a esas
técnicas podría tener consecuencias imprevisibles y nocivas para
la familia y la sociedad civil. El llamamiento a la conciencia
individual y a la autodisciplina de los investigadores no basta para
asegurar el respeto de los derechos personales y del orden público.
Si el legislador, responsable del bien común, omitiese sus deberes
de vigilancia, podría verse despojado de sus prerrogativas por
parte de aquellos investigadores que pretendiesen gobernar la
humanidad, en nombre del progreso científico, mediante los
descubrimientos biológicos o los presuntos procesos de
"mejora" que se derivarían de ellos. El
"eugenismo" y la discriminación entre los seres humanos
podrían verse legitimados, lo cual constituiría un grave atentado
contra la igualdad, la dignidad y los derechos fundamentales de la
persona humana.
La
intervención de la autoridad política se debe inspirar en los
principios racionales que regulan las relaciones entre la ley civil
y la ley moral. La misión de la ley civil consiste en garantizar el
bien común de las personas mediante el reconocimiento de la
dignidad de las mismas, la defensa de sus derechos fundamentales, la
promoción de la paz y de la moralidad pública. Ningún ámbito de
la vida civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que
excedan la propia competencia. La ley civil a veces deberá tolerar,
en aras del orden público, lo que no puede prohibir sin ocasionar
daños más graves. Sin embargo, los derechos inalienables de la
persona deben ser reconocidos y respetados por parte de la sociedad
civil y de la autoridad política. Estos derechos del hombre, que
explicitan la dignidad propia de la persona, son inherentes a ella
en virtud del acto creador que la ha originado, no están
subordinados a intereses individuales (ni siquiera a los de los
padres) y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado .
8.
Persona, familia y sexualidad
Ratificamos
aquí algunas de las afirmaciones que hicimos en la “Declaración
sobre la Buena Noticia de la Vida Humana y el Valor de la Sexualidad”,
del año 2000:
*
Es necesario un marco legal que promueva una cultura del
discernimiento y la responsabilidad en el ejercicio de la sexualidad
y la comunicación de la vida; que asegure a la familia la
centralidad de su aporte, y promueva su rol social; que afirme el
derecho y el deber del ‘consentimiento informado’ de quienes
acceden a los servicios de salud; que reconozca explícita y
plenamente el derecho a la objeción de conciencia por parte de los
prestadores de salud frente a prácticas que, aunque autorizadas por
la ley, fueren consideradas por ellos éticamente inaceptables.
*
Es necesario un marco legal que respete el derecho fundamental a la
vida desde la concepción y excluya en absoluto el crimen del
aborto.
*
Es necesario un marco legal que, de ninguna manera, favorezca o
consolide situaciones de in-justicia social, las cuales no se
solucionan con la promoción de una actitud antinatalista y se
agravan con la práctica deshumanizada de la sexualidad.
*
Es necesario un marco legal que honre la vida humana; y ayude a
afianzar en nuestra Patria la cultura de la vida, evitando
manipulaciones que dañan la dignidad de las personas.
*
Es necesario un marco legal que reconozca y defienda el
insustituible e inalienable derecho-deber de los padres, a la
educación moral de sus hijos” .
9.
Vivir la sexualidad como una llamada a ser para y con los otros
“Dios,
con la creación del varón y de la mujer a su imagen y semejanza,
corona y lleva a perfección la obra de sus manos... Así el
cometido de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo
largo de la historia la bendición original del Creador” . El
cristianismo invita a vivir la sexualidad como una llamada a ser
para y con los otros, que puede acogerse tanto en el matrimonio como
en el celibato. Ambas vocaciones son signo del Reino y oportunidades
para crecer en la caridad, para santificarse y santificar a los
demás.
La
perspectiva del amor que se difunde hoy día en Occidente,
reivindica algunos aspectos sin duda positivos: el reconocimiento y
afirmación de la persona como sujeto libre, la igual dignidad del
varón y de la mujer (de vital importancia para superar muchos de
los rasgos machistas de nuestra cultura), la integración de sus
diversas cualidades humanas. Sin embargo tiende a reducir el amor a
la satisfacción individual mediante una relación posesiva del
otro, sin superar el nivel de genitalidad; admite el ejercicio de la
sexualidad fuera del matrimonio; separa el amor de la sexualidad y
ésta de la procreación. Sustrae de toda norma la sexualidad,
manteniendo solamente una censura sobre la violencia y el abuso
sexual.
De
esta forma, concibe la sexualidad de modo muy diverso a la
enseñanza de la Iglesia que, por su parte, intenta salvaguardar la
plena verdad del amor humano, no imponiendo u oprimiendo con leyes
extrañas, sino interpretando y sirviendo a la sexualidad según el
designio de Dios, a la doble luz de su Palabra y de la razón
natural. La distinción de los sexos es querida por Dios , y es
querida como un bien . La persona sexuada no se basta a sí misma,
es llamada a salir de su soledad y entrar en diálogo con el otro .
La diferencia y la originalidad permiten la reciprocidad, la
integración y la complementariedad. En realidad se trata de un
dinamismo que integra no sólo el cuerpo, sino también la
afectividad, el amor, la transmisión de la vida, el lenguaje
corporal, los sentimientos; en síntesis, la persona entera. La
sexualidad no es un hecho puramente biológico sino capacidad
relacional, lenguaje, comunicación. La persona vivencia
interiormente su cuerpo sexuado. Una fuerte tensión orienta el
deseo hacia la persona del otro sexo a quien se ama, y por medio del
amor casto y puro, encuentra satisfacción y placer.
La
sexualidad, si está bien ordenada, no permanece en el nivel del
impulso, sino que es integrada en el amor. El amor es la primera y
fundamental vocación de todo ser humano. Así se comprende que la
sexualidad ha de ser integrada como una fuerza de comunión, como
una expresión privilegiada del amor. La donación de los cónyuges
está llamada a ser signo y parte de una donación personal total y
fecunda, particularmente para los cristianos en el sacramento del
matrimonio. Los esposos deben ser dóciles a la llamada del Señor y
actuar como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza
abriendo generosamente la familia a nuevas vidas, permaneciendo
siempre en actitud de servicio a la vida .
El
pecado desde su inicio ha introducido varios desórdenes en el
ámbito de la sexualidad, deformándola y haciéndola mezquina. A
través de la gracia de la redención y de un proceso educativo, es
posible restituirle su autenticidad llegando a un amor oblativo, y a
integrar gradualmente las pulsiones a la dinámica del don de sí.
La castidad no se reduce entonces a la continencia sexual, si-no que
significa capacidad de amar sin poseer y de relaciones auténticas.
La castidad es el correcto desarrollo de la sexualidad, premisa para
vivir dignamente el matrimonio, la virginidad consagrada, la
soltería o la viudez, valor común para opciones diversas. No
empobrece la vida, sino que acrecienta su belleza.
10.
Redescubrir la Eucaristía como fundamento y alma de la comunión y
misión familiar
En
el camino hacia el próximo Congreso Eucarístico Nacional a
celebrarse en Corrientes, invitamos a redescubrir que la Eucaristía
es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el
sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con
la Iglesia, sellada con la sangre de la cruz. En este sacrificio los
cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota su alianza
conyugal. En el don eucarístico de la caridad la familia cristiana
halla el fundamento y el alma de su "comunión" y de su
"misión", ya que el Pan Eucarístico hace de los diversos
miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y
participación de la más amplia unidad de la Iglesia. Además, la
participación en el Cuerpo "entregado" y en la Sangre
"derramada" de Cristo se hace fuente inagotable del
dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.
Debemos
aceptarnos a nosotros mismos, acoger nuestra existencia como una
semilla cargada de maravillosas promesas. El Padre común, fuente de
toda paternidad, nos constituye hermanos y nos confía los unos a
los otros, entrelazando las historias personales en un tejido de
historia común, sin discriminar a nadie.
11.
Invitación al compromiso y a la misión
El
Santo Padre Juan Pablo II nos ha invitado muchas veces a contemplar
el Misterio y la enseñanza de la Sagrada Familia de Nazaret, para
movernos a la conversión. Invitamos a las familias a recrear y
resignificar los lazos de comunicación y comunión, renovando
espacios de encuentro y diálogo cordial en su seno y hacer de este
modo apetecible para todos el don de la familia.
Sabemos
que, a menudo, los matrimonios y las familias, buscan en la
enseñanza de la Iglesia luz para su caminar, lo que reconocemos y
valoramos. Invitamos a todos los agentes pastorales a hacerse
intérpretes de esta búsqueda y a anunciar con fidelidad el
Evangelio de la Vida, sirviéndose también de la valiosa ayuda del
Catecismo de la Iglesia Católica.
Nuestro
amor pastoral nos hace conocer la realidad de muchas personas que
viven situaciones irregulares. Queremos renovar la invitación del
Papa Juan Pablo II, que hacemos nuestra, a que no se consideren
separados de la Iglesia, pudiendo y aún debiendo, en cuanto
bautizados, participar de su vida. Los exhortamos a que escuchen la
Palabra de Dios, que frecuenten el sacrificio de la Misa, que
perseveren en la oración, en las obras de caridad y de promoción
de la justicia, y que eduquen a los hijos en la fe cristiana .
Somos
conscientes de la grave responsabilidad que pesa sobre los
legisladores y gobernantes, que deben estar permanentemente atentos
al bien común de la sociedad. Los invitamos a “que no promulguen
leyes que, ignorando la dignidad de la persona, minen las raíces de
la misma convivencia ciudadana” .
En
el diálogo con los científicos e investigadores, hemos percibido
inquietudes y logros junto a dificultades, e incluso tensiones
éticas en su tarea. Los invitamos a “entregarse al servicio de
una nueva cultura de la vida con aportaciones serias, documentadas,
capaces de ganarse, por su valor, el respeto e interés de todos”
.
Quiera
el Padre misericordioso, por intercesión de María Santísima y de
su esposo San José, conceder a las familias de nuestra Patria la
gracia de ser fuertes y alegres en medio de las pruebas de cada
día, y generosas para impulsar, con un compromiso renovado por la
vida y el amor, la nueva evangelización y la renovación moral que
necesitamos.
Los
Obispos de la Argentina
reunidos
en la 87 ª Asamblea Plenaria
San
Miguel, 15 de mayo de 2004
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