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Documentos
Diocesanos
Homilía
de monseñor Jorge Lozano, en el inicio de su ministerio episcopal en
la diócesis de Gualeguaychú
(11 de marzo de 2006)
“Dios es
amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”
(I Jn 4, 16). Con esta cita de la Primera
Carta de Juan comenzaba el Santo Padre Benedicto XVI su primera
Carta Encíclica. Quiero hoy con humildad, al inicio de mi servicio
pastoral en esta Diócesis de Gualeguaychú, realizar esa misma
profesión de fe, que también es confesión de amor.
En este segundo Domingo
de Cuaresma, la Iglesia nos propone el relato evangélico de la
Transfiguración del Señor en la montaña. La blancura resplandeciente
y luminosa nos habla de la Divinidad de Jesús, mostrando su Gloria.
Aparecen, también, dos
amigos de Dios que vivieron apasionadamente el camino de la fe.
Moisés y Elías habían conocido lo que implica la lucha y el
sacrificio, el ser despreciados y perseguidos por ser amigos de
Dios. Pero también tuvieron el privilegio de hablar con Él en la
montaña. En ellos dos está presente todo el Antiguo Testamento
siendo testigos del cumplimiento de las promesas mesiánicas.
“¡Maestro!. ¡Qué bien
estamos aquí!”. Sí Pedro, se está muy bien junto al Señor. El
Papa Benedicto nos enseña: “No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida
y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas Est, nº 1).
El Santo Padre nos habla
de encuentro, acontecimiento, Persona, horizonte, vida, orientación.
¡Qué palabras tan cargadas de significado y sentido para nosotros!.
Podríamos decir esto:
para el cristiano, decir “creo” es decir “amo”. No se puede separar
la fe del amor.
El Papa Juan Pablo II
nos insistió en los últimos años de su Pontificado en hacer de la
Iglesia, “casa y escuela de comunión”. Dos imágenes que nos
ayudan a percibir una realidad profunda: “casa” porque es
lugar de encuentro familiar, distendido, en que cada uno es recibido
y querido como es; “escuela” porque la comunión implica
también aprendizaje prolongado y paciente.
Queridos hermanos
venidos hoy de los departamentos de Gualeguay, Gualeguaychú, Islas
del Ibicuy, Tala, Uruguay y Victoria; que desde sus diversas
vocaciones, edades, condiciones, forman esta Iglesia Diocesana de
Gualeguaychú; quiero sumarme como Obispo en esta construcción de la
Iglesia como “casa y escuela de comunión”.
Imagino en el corazón de
ustedes algunas preguntas e inquietudes: ¿cómo será este nuevo
obispo? ¿qué ideas trae? ¿qué querrá hacer?
Yo amo la vida, que es
un misterio, un regalo de Dios, desde que va creciendo despacito en
el vientre de la mamá para ver la luz y alegrarnos con sonrisa de
niño y promesa de futuro.
La vida que se hace
joven, que anhela, que sueña, que quiere proyectarse, la vida que
quiere ser amor, y que en el amor encuentra su expresión de ternura,
de cariño. La vida que goza ese misterio de la amistad y de la
comunión. De la comunión que nos ayuda a vencer el encierro, a salir
de la soledad, a construir juntos. A anhelar horizontes comunes
hacia los cuales caminar, esa vida que no queremos que sea
menoscabada ni despreciada, en ninguno de sus momentos.
Una vida que reconocemos
como don de Dios y se desarrolla en esta creación hermosa regalada
por Él para todos. Los bienes creados por Dios son para la felicidad
de todos sus hijos. Esta vida nos comprometemos a cuidarla, a
protegerla desde que comienza hasta que concluye de manera natural.
Una vida que queremos apreciar hecha sabiduría en nuestros mayores,
en nuestros ancianos. Una vida que se dignifica por el trabajo, que
no admite opresión, ni ser atada o encadenada. Una vida que no
queremos sea limitada por ningún tipo de contaminación.
Sé que hay una gran
preocupación por los riesgos de contaminación en la zona. Hay dos
palabras que son centrales en nuestra actitud pastoral en esta
situación: acompañar e iluminar. La primera nos hace referencia a la
cercanía y la escucha; al corazón y la mente abiertos para recibir y
comprender. La segunda nos lleva a encontrar luz desde la fe,
principalmente en la enseñanza de Juan Pablo II y el Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia.
También hemos de
cuidarnos de otras contaminaciones: las del pecado, la injusticia,
la avaricia, la mentira, la violencia, todo atropello a la dignidad
de la persona humana.
La Constitución Pastoral
Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II comienza así: “Los gozos
y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de
nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a
la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos
de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su
corazón” (G. S. 1). En una de las Plegarias Eucarísticas pedimos
al Señor “que todos los miembros de la Iglesia sepamos discernir
los signos de los tiempos y crezcamos en la fidelidad al Evangelio;
que nos preocupemos de compartir en la caridad (de nuevo) las
angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los
hombres, y así les mostremos el camino de la salvación” (P. E. V
c.).
Por eso no sólo queremos
compartir angustias y tristezas, sino también alegrías y esperanzas.
La alegría de la fraternidad entre los pueblos, la esperanza que nos
impulsa a dialogar en la búsqueda del bien común. Alegrías y
esperanzas que hoy se hacen palpables en estos dos hermanos obispos
vecinos del Uruguay. No sólo nos une vecindad geográfica e historia
compartida; sino también el anhelo de construir juntos, hermanados,
una sociedad con los valores de la solidaridad, la paz y la justicia
e el horizonte común.
Algunos me preguntaban
también si tengo previsto algún plan para la Diócesis. Mi inquietud
primera está centrada en recorrer, visitar y escuchar a los
sacerdotes y fieles en cada comunidad. No es mi deseo transplantar
experiencias, sino reconocer el sendero recorrido y sumarme a
caminar en esta Diócesis, que celebrará en el 2007 los 50 años de su
creación.
Desde toda la eternidad
el Padre nos pensó en su corazón para compartir esta parte de la
historia. Al fin nos conocemos. Dios los bendiga.
“Dios es amor, y
quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (I Jn
4, 16).
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