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Mensaje del Papa para la Jornada
Mundial de la Juventud 2007
"Como yo os he amado,
así amaos también vosotros los unos a los otros" (Jn 13,34)
Queridos jóvenes: Con
ocasión de la XXII Jornada Mundial de la Juventud, que se celebrará
en las Diócesis el próximo Domingo de Ramos, quisiera proponer para
vuestra meditación las palabras de Jesús: "Como yo os he amado, así
amaos también vosotros los unos a los otros" (Jn 13,34). ¿Es posible
amar?
Cada persona siente el
deseo de amar y de ser amado. Sin embargo, ¡qué difícil es amar,
cuántos errores y fracasos hay que registrar en el amor! Hay quien
incluso llega a dudar si el amor es posible. Pero si carencias
afectivas o desilusiones sentimentales pueden hacernos pensar que
amar sea una utopía, un sueño inalcanzable, ¿hay que resignarse?
¡No! El amor es posible y la finalidad de este mi mensaje es el de
contribuir a revivir en cada uno de vosotros, que sois el futuro y
la esperanza de la humanidad, la fe en el amor verdadero, fiel y
fuerte; un amor que genera paz y alegría; un amor que une a las
personas, haciéndolas sentirse libres en el mutuo respeto. Dejad
ahora que recorra junto a vosotros un itinerario, en tres momentos,
hacia el "descubrimiento" del amor.
Dios, fuente del amor El
primer momento hace referencia a la fuente del amor verdadero, que
es única: es Dios. San Juan lo pone bien en evidencia cuando afirma
que "Dios es amor" (1Jn 4,8.16); él no quiere decir sólo que Dios
nos ama, sino que el ser mismo de Dios es amor. Estamos aquí ante la
revelación más luminosa de la fuente del amor que es el misterio
trinitario: en Dios, uno y trino, hay un eterno intercambio de amor
entre las personas del Padre y del Hijo, y este amor no es una
energía o un sentimiento, sino una persona, es el Espíritu Santo.
La Cruz de Cristo revela
plenamente el amor de Dios ¿Cómo se nos manifiesta Dios-Amor?
Estamos aquí en el segundo momento de nuestro itinerario. Aunque en
la creación ya están claros los signos del amor divino, la
revelación plena del misterio íntimo de Dios se ha realizado en la
Encarnación, cuando Dios mismo se hizo hombre. En Cristo, verdadero
Dios y verdadero Hombre, hemos conocido el amor en todo su alcance.
De hecho, "la verdadera originalidad del Nuevo Testamento – he
escrito en la Encíclica Deus caritas est - no consiste en nuevas
ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a
los conceptos: un realismo inaudito" (n.º 12). La manifestación del
amor divino es total y perfecta en la Cruz, como afirma san Pablo:
"la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros
todavía pecadores, murió por nosotros" (Rm 5,8). Cada uno de
nosotros, por lo tanto, puede decir sin equivocarse: "Cristo me amó
y se entregó por mí" (cfr. Ef 5,2). Redimida por su sangre, ninguna
vida humana es inútil o de poco valor, porque todos somos amados
personalmente por Él con un amor apasionado y fiel, con un amor sin
límites. La Cruz, locura para el mundo, escándalo para muchos
creyentes, es en cambio "sabiduría de Dios" para los que se dejan
tocar hasta en lo más profundo del propio ser, "porque lo que es
necedad de Dios es más sabio que los hombres, y lo que es debilidad
de Dios es más fuerte que los hombres" (1Cor 1,24-25). Es más, el
Crucificado, que después de la resurrección lleva para siempre los
signos de la propia pasión, pone de relieve las "falsificaciones" y
mentiras sobre Dios, que se ocultan bajo el manto de la violencia,
la venganza y la exclusión. Cristo es el Cordero de Dios, que carga
con el pecado del mundo y erradica el odio del corazón del hombre.
Ésta es su verdadera "revolución": el amor.
Amar al prójimo como
Cristo nos ama Y aquí tenemos el tercer momento de nuestra
reflexión. En la cruz Cristo grita: "Tengo sed" (Jn 19,28): revela
así una ardiente sed de amar y de ser amado por cada uno de
nosotros. Sólo si llegamos a percibir la profundidad y la intensidad
de tal misterio, nos damos cuenta de la necesidad y de la urgencia
de amarlo por nuestra parte "como" Él nos ha amado. Esto conlleva el
empeño de dar también, si fuera necesario, la propia vida por los
hermanos sostenidos por el amor de Él. Ya en el Antiguo Testamento
Dios había dicho: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lev 19,18),
pero la novedad de Cristo consiste en el hecho de que amar como Él
nos ha amado significa amar a todos, sin distinción, también a los
enemigos, "hasta el extremo" (cfr. Jn 13,1).
Testigos del amor de
Cristo Quisiera ahora detenerme en tres ámbitos de la vida cotidiana
donde vosotros, queridos jóvenes, estáis llamados en modo particular
a manifestar el amor de Dios. El primer ámbito es la Iglesia que es
nuestra familia espiritual, compuesta por todos los discípulos de
Cristo. Testigos de sus palabras: "En esto conocerán todos que sois
discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,35),
alimentad, con vuestro entusiasmo y vuestra caridad, las actividades
de las parroquias, de las comunidades, de los movimientos eclesiales
y de los grupos juveniles a los que pertenecéis. Sed solícitos en
buscar el bien de los demás, fieles a los compromisos tomados. No
dudéis en renunciar con alegría a algunas de vuestras diversiones,
aceptad de buena gana los sacrificios necesarios, dad testimonio de
vuestro amor fiel por Cristo anunciando su Evangelio especialmente
entre vuestros coetáneos.
Prepararse al futuro El
segundo ámbito, donde estáis llamados a expresar el amor y a crecer
en él, es vuestra preparación al futuro que os espera. Si estáis
prometidos, Dios tiene un proyecto de amor en vuestro futuro de
matrimonio y de familia y por eso es esencial que vosotros lo
descubráis con la ayuda de la Iglesia, libres del prejuicio
difundido que el cristianismo, con sus mandamientos y sus
prohibiciones, ponga obstáculos a la alegría del amor e impida en
particular disfrutar plenamente aquella felicidad que el hombre y la
mujer buscan en su recíproco amor. El amor del hombre y de la mujer
está al origen de la familia humana y la pareja formada por el
hombre y la mujer tiene su fundamento en el diseño original de Dios
(cfr. Gen 2,18-25). Aprender a amarse como pareja es un camino
maravilloso, aunque necesita un aprendizaje laborioso. El período
del noviazgo, fundamental para construir el matrimonio, es un tiempo
de espera y de preparación, que hay que vivir en la castidad de los
gestos y de las palabras. Esto permite madurar en el amor, en el
cuidado y en la atención para con el otro; ayuda a ejercitar el
autodominio, a desarrollar el respeto del otro, características del
verdadero amor que no busca en primer lugar la propia satisfacción
ni el propio bienestar. En la oración común pedid al Señor que cuide
y acreciente vuestro amor y lo purifique de todo egoísmo. Non dudéis
en responder generosamente a la llamada del Señor, porque el
matrimonio cristiano es una verdadera y auténtica vocación en la
Iglesia. Igualmente, queridos y queridas jóvenes, estad preparados a
decir "sí", si Dios os llama a seguirlo en el camino del sacerdocio
ministerial o de la vida consagrada. Vuestro ejemplo será un
aliciente para muchos de vuestros coetáneos, que están buscando la
verdadera felicidad.
Crecer en el amor cada
día El tercer ámbito del compromiso que conlleva el amor es el de la
vida cotidiana con sus múltiples relaciones. Me refiero sobre todo a
la familia, al estudio, al trabajo y al tiempo libre. Queridos
jóvenes, cultivad vuestros talentos no sólo para conquistar una
posición social, sino también para ayudar a los demás "a crecer".
Desarrollad vuestras capacidades, no sólo para ser más
"competitivos" y "productivos", sino para ser "testigos de la
caridad". Unid a la formación profesional el esfuerzo de adquirir
conocimientos religiosos útiles para poder desempeñar vuestra misión
en modo responsable. En modo particular, os invito a profundizar en
la doctrina social de la Iglesia, para que a partir de sus
principios esté inspirada e iluminada vuestra acción en el mundo. El
Espíritu Santo os haga ingeniosos en la caridad, perseverantes en
los compromisos que asumáis, y audaces en vuestras iniciativas, para
que podáis ofrecer vuestra contribución a la edificación de la
"civilización del amor". El horizonte del amor es verdaderamente
ilimitado: ¡es el mundo entero!
"Osar el amor" siguiendo
el ejemplo de los santos Queridos jóvenes, quisiera invitaros a
"osar el amor", a no desear otra cosa que un amor fuerte y hermoso,
capaz de hacer de toda la existencia una realización gozosa del don
de vosotros mismos a Dios y a los hermanos, imitando a Aquel que
mediante el amor ha vencido para siempre el odio y la muerte (cfr.
Ap 5,13). El amor es la única fuerza capaz de cambiar el corazón del
hombre y de la humanidad entera, haciendo provechosas las relaciones
entre hombres y mujeres, entre ricos y pobres, entre culturas y
civilizaciones. De esto da testimonio la vida de los Santos,
verdaderos amigos de Dios, que son el canal y el reflejo de este
amor original. Esforzaos en conocerlos mejor, encomendaos a su
intercesión, intentad vivir como ellos. Me limito a citar a Madre
Teresa que, para apresurarse en responder al grito de Cristo "Tengo
sed", grito que la había removido profundamente, comenzó a recoger a
los moribundos de las calles de Calcuta, en India. Desde entonces,
el único deseo de su vida se convirtió en saciar la sed de amor de
Cristo no con palabras, sino con actos concretos, reconociendo el
rostro desfigurado, sediento de amor, en el rostro de los más pobres
entre los pobres. La Beata Teresa puso en práctica la enseñanza del
Señor: "Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños,
a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). Y el mensaje de este humilde
testigo del amor se ha difundido por el mundo entero.
El secreto del amor A
cada uno de nosotros, queridos amigos, se nos concede alcanzar este
grado de amor, pero sólo recurriendo al indispensable apoyo de la
Gracia divina. Sólo la ayuda del Señor nos permite huir de la
resignación frente a la enormidad de la tarea a llevar a cabo y nos
infunde el valor de realizar lo que humanamente es impensable. El
contacto con el Señor en la oración nos mantiene en la humildad,
recordándonos que somos "siervos inútiles" (cfr. Lc 17,10). Sobre
todo, la Eucaristía es la gran escuela del amor. Cuando se participa
en forma regular y con devoción en la Santa Misa, cuando se
transcurren en compañía de Jesús eucarístico prolongadas pausas de
adoración, es más fácil comprender la anchura, la longitud, la
altura y la profundidad de su amor que excede a todo conocimiento (cfr.
Ef 3,17-18). Compartiendo el Pan eucarístico con los hermanos de la
comunidad eclesial se es impulsado a traducir "con prontitud", como
lo hizo la Virgen con Isabel, el amor de Cristo en generoso servicio
a los hermanos.
Hacia el encuentro de
Sydney Iluminante es al respecto la exhortación del apóstol Juan:
"Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según
la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad" (1Jn
3,18-19). Queridos jóvenes, es con este espíritu que os invito a
vivir la próxima Jornada Mundial de la Juventud junto con vuestros
Obispos en vuestras respectivas Diócesis. Ésta representará una
etapa importante hacia el encuentro de Sydney, cuyo tema será:
"Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros,
y seréis mis testigos"(Hch 1,8). María, Madre de Cristo y de la
Iglesia, os ayude a hacer resonar en todas partes el grito que ha
cambiado el mundo: "¡Dios es amor!". Os acompaño con la oración y de
corazón os bendigo. Vaticano, 27 de enero de 2007 BENEDICTUS PP. XVI
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